sábado, 4 de abril de 2015

Políticos que apreciaron a policías y guardias civiles.

En verdad que es difícil encontrar un político, concretamente algún Ministro del Interior, que se haya caracterizado por el bienestar de guardias civiles y policías nacionales.
Sin embargo, existe una excepción: RODOLFO MARTÍN VILLA, ministro con la UCD. Uno de las personas más inteligentes que hayan pasado por el gobierno de España.
No me resisto a transcribir un episodio de la novela donde un coronel habla del mismo, con simpatía y admiración. La anécdota cuentan que fue real (Libro IV, Capítulo V): 

−No, no, Márquez −aclaró el Primer Jefe−. Has hecho bien en no callártelo. Es mucho peor no decir lo que se piensa. Siempre he luchado para que los Mandos tengan en cuenta las opiniones de los subordinados, y no imponer miedo o temor, como hacen algunos. Hubiéramos avanzado mucho en el Cuerpo si escuchásemos lo que piensan los de abajo. Todos, en algún momento, hemos caído en el mismo error. Pensamos que podemos cambiar el sistema, pero cuando nos damos de bruces con la realidad no podemos más que callar y obedecer. Seguir trabajando con mayor abnegación si cabe ante la falta de medios. Es nuestro destino. Así han sido las cosas desde la creación del Cuerpo, y me temo que lo seguirá siendo durante mucho tiempo. Fíjate en una cosa: sea cual sea el Gobierno, no sé qué pasa que todos acaban “descubriendo” a la Guardia Civil. Este Cuerpo es un chollo.
         Peláez no se resistió a contar una de sus experiencias:
         −Sólo he conocido a un político que realmente valiera la pena. Fue el Ministro Rodolfo Martín Maravilla. Ése sí que fue un hombre íntegro, que mejoró sustancialmente la vida de policías y guardias. Subió el sueldo casi el doble, nos dotó de medios, dio siempre la cara por nosotros. Jamás vendrá otro como él. −En su voz se denotaba cierta nostalgia−. Voy a contaros una anécdota sobre él, que sucedió en la época de los dinosaurios de donde provengo, concretamente en enero de 1979. Por aquel entonces, recién ascendido a capitán, me destinaron a Madrid como ayudante del Coronel del Tercio. Lo recuerdo perfectamente, como si fuera hoy −una sonrisa iluminó su rostro−. En una de aquellas reuniones del Ministro con la cúpula del generalato, uno de ellos peticionó la necesidad de más hombres, medios, dinero, o sea, lo de siempre. Maravilla, hombre inteligentísimo como he conocido a pocos, se revolvió en el asiento, y muy serenamente contestó con una historia más parecida a un cómic de tebeo que a un suceso real, dejándonos perplejos. Más o menos, sus palabras fueron las siguientes:
         −Mire usted, general. Soy un hombre de letras, me costó aprobar matemáticas pero siempre supe contar y hacer algunas operaciones elementales, no muy complicadas. Quisiera que todos ustedes me acompañaran a efectuar una suma, operación que supongo todos conocemos. Bien, llevo en el Ministerio desde 1976 y desde que llegué sólo recibo solicitudes de más hombres y medios… Comprendo perfectamente tal necesidad y carencia, pero en el caso de ustedes, la Guardia Civil, hay una cosa que no acabo de comprender. Aún hoy desconozco realmente cómo funciona el Cuerpo, pero hace poco tuve la fortuna de enterarme de algo. Cierto día dije al conductor que parara cuando observamos, en una carretera perdida de la provincia de Segovia, a una patrulla de dos guardias al lado de un Land Rover con el capó abierto, estacionado en el arcén.
         «Si alguno de ustedes hubiera visto el vehículo, daba pena verlo: destartalado, con los neumáticos lisos, oxidado por los cuatro costados y echando humo por el motor. Un coche que debía haber sido retirado del servicio hacía años y llevado inmediatamente al desguace, porque representaba un peligro para la seguridad vial y para la integridad física de los guardias. Me apeé del coche, preguntando si precisaban ayuda. Al principio no me reconocieron. Contestaron que el vehículo estaba averiado y que el radio−teléfono no funcionaba. Uno de ellos me pidió si podíamos llevarlo a una cabina telefónica para avisar de la avería al Puesto. Por supuesto accedí, quedando el otro guardia junto al vehículo averiado. Una vez se introdujo en el coche me identifiqué, y charlamos un poco pese a que el pobre se puso bastante nervioso.
         «El hombre tenía cincuenta y tres años y llevaba destinado en el Puesto más de veinte. Ante mi insistencia, me contó algo, −por fin alguien me iba a contar la verdad, pensé−, de cómo funcionaba el Cuerpo; eso sí, me rogó que no delatara su nombre por temor a represalias, cosa a la que accedí pero sin comprender a qué tipo de represalias se refería. Un simple guardia ha sido más sincero conmigo que toda la cúpula del generalato con la que me reúno a diario. De hecho, aún hoy no doy crédito cómo puede ser posible que el Cuerpo funcione con eficacia.
         «Lo que descubrí fue lo siguiente: una pareja de guardias de determinado Puesto sale de servicio. Bien, esos dos son vigilados por su Cabo o Sargento Comandante del Puesto, que, a su vez, sale con otro guardia. De ese modo, la inicial pareja de servicio, que cubre una determinada demarcación, se convierten en cuatro: los dos iniciales, más otros dos para vigilarlos. Proseguimos. Resulta que durante esa jornada, también sale para vigilar los servicios el teniente jefe de línea quien, a su vez, también necesita de otro hombre porque la Guardia Civil sale siempre por parejas, tal y como establece su Reglamento. Vamos sumando, general. Llevamos ya seis hombres para un servicio de patrulla.
         «Aún no hemos acabado porque, curiosamente, ese mismo día sale el capitán de la compañía de vigilancia. Lo aplicado a los anteriores hace que sigamos sumando: dos, más dos, más dos, más otros dos; en total vamos por ocho para un solo servicio, inicialmente de dos guardias. Y aún no hemos acabado. El comandante, segundo Jefe y el teniente coronel, Primer Jefe, bien podrían ese mismo día apetecerles salir a vigilar, por lo que sumaríamos otros cuatro hombres más a los demás. En total, vamos por doce. Pero, ¡oh casualidad! Seguimos sin llegar al final, porque al Coronel del Tercio y, finalmente, a usted, el general de Zona, también podrían apetecerles ese mismo día salir a vigilar a esos dos guardias de un anónimo Puesto perdido de la geografía española.
         «En definitiva, dieciséis hombres, de ellos sólo dos para prestar un servicio; sin embargo, precisan de catorce para vigilarlos. Si a todos ellos sumamos los respectivos vehículos oficiales, de los cuales sólo son aptos para circular la de los Mandos que vigilan ¿Cree usted, general, que necesita más hombres y medios la Guardia Civil?
         En verdad os digo que todos quedamos estupefactos cuando el Ministro iba relatando, paso a paso, la triste realidad. La situación era cómica, pero nadie se rió. El General se puso colorado de vergüenza, sin saber dónde meterse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario