En verdad que es difícil encontrar un político, concretamente algún Ministro del Interior, que se haya caracterizado por el bienestar de guardias civiles y policías nacionales.
Sin embargo, existe una excepción: RODOLFO MARTÍN VILLA, ministro con la UCD. Uno de las personas más inteligentes que hayan pasado por el gobierno de España.
No me resisto a transcribir un episodio de la novela donde un coronel habla del mismo, con simpatía y admiración. La anécdota cuentan que fue real (Libro IV, Capítulo V):
−No, no, Márquez −aclaró
el Primer Jefe−. Has hecho bien en no callártelo. Es mucho peor no decir lo que
se piensa. Siempre he luchado para que los Mandos tengan en cuenta las
opiniones de los subordinados, y no imponer miedo o temor, como hacen algunos.
Hubiéramos avanzado mucho en el Cuerpo si escuchásemos lo que piensan los de
abajo. Todos, en algún momento, hemos caído en el mismo error. Pensamos que
podemos cambiar el sistema, pero cuando nos damos de bruces con la realidad no
podemos más que callar y obedecer. Seguir trabajando con mayor abnegación si
cabe ante la falta de medios. Es nuestro destino. Así han sido las cosas desde
la creación del Cuerpo, y me temo que lo seguirá siendo durante mucho tiempo.
Fíjate en una cosa: sea cual sea el Gobierno, no sé qué pasa que todos acaban “descubriendo” a la Guardia Civil. Este
Cuerpo es un chollo.
Peláez no se resistió a contar una de
sus experiencias:
−Sólo he conocido a un político que
realmente valiera la pena. Fue el Ministro Rodolfo Martín Maravilla. Ése sí que
fue un hombre íntegro, que mejoró sustancialmente la vida de policías y
guardias. Subió el sueldo casi el doble, nos dotó de medios, dio siempre la
cara por nosotros. Jamás vendrá otro como él. −En su voz se denotaba cierta nostalgia−.
Voy a contaros una anécdota sobre él, que sucedió en la época de los dinosaurios de donde provengo, concretamente en enero
de 1979. Por aquel entonces, recién ascendido a capitán, me destinaron a Madrid
como ayudante del Coronel del Tercio. Lo recuerdo perfectamente, como si fuera
hoy −una sonrisa iluminó su rostro−. En una de aquellas reuniones del Ministro con
la cúpula del generalato, uno de ellos peticionó la necesidad de más hombres, medios,
dinero, o sea, lo de siempre. Maravilla, hombre inteligentísimo como he conocido
a pocos, se revolvió en el asiento, y muy serenamente contestó con una historia
más parecida a un cómic de tebeo que a un suceso real, dejándonos perplejos.
Más o menos, sus palabras fueron las siguientes:
−Mire
usted, general. Soy un hombre de letras, me costó aprobar matemáticas pero
siempre supe contar y hacer algunas operaciones elementales, no muy complicadas.
Quisiera que todos ustedes me acompañaran a efectuar una suma, operación que
supongo todos conocemos. Bien, llevo en el Ministerio desde 1976 y desde que
llegué sólo recibo solicitudes de más hombres y medios… Comprendo perfectamente
tal necesidad y carencia, pero en el caso de ustedes, la Guardia Civil, hay una
cosa que no acabo de comprender. Aún hoy desconozco realmente cómo funciona el
Cuerpo, pero hace poco tuve la fortuna de enterarme de algo. Cierto día dije al
conductor que parara cuando observamos, en una carretera perdida de la
provincia de Segovia, a una patrulla de dos guardias al lado de un Land Rover
con el capó abierto, estacionado en el arcén.
«Si alguno de ustedes
hubiera visto el vehículo, daba pena verlo: destartalado, con los neumáticos
lisos, oxidado por los cuatro costados y echando humo por el motor. Un coche que
debía haber sido retirado del servicio hacía años y llevado inmediatamente al
desguace, porque representaba un peligro para la seguridad vial y para la
integridad física de los guardias. Me apeé del coche, preguntando si precisaban
ayuda. Al principio no me reconocieron. Contestaron que el vehículo estaba
averiado y que el radio−teléfono no funcionaba. Uno de ellos me pidió si
podíamos llevarlo a una cabina telefónica para avisar de la avería al Puesto.
Por supuesto accedí, quedando el otro guardia junto al vehículo averiado. Una
vez se introdujo en el coche me identifiqué, y charlamos un poco pese a que el
pobre se puso bastante nervioso.
«El hombre tenía
cincuenta y tres años y llevaba destinado en el Puesto más de veinte. Ante mi
insistencia, me contó algo, −por fin alguien me iba a contar la verdad, pensé−,
de cómo funcionaba el Cuerpo; eso sí, me rogó que no delatara su nombre por
temor a represalias, cosa a la que accedí pero sin comprender a qué tipo de
represalias se refería. Un simple guardia ha sido más sincero conmigo que toda
la cúpula del generalato con la que me reúno a diario. De hecho, aún hoy no doy
crédito cómo puede ser posible que el Cuerpo funcione con eficacia.
«Lo que descubrí
fue lo siguiente: una pareja de guardias de determinado Puesto sale de
servicio. Bien, esos dos son vigilados por su Cabo o Sargento Comandante del
Puesto, que, a su vez, sale con otro guardia. De ese modo, la inicial pareja de
servicio, que cubre una determinada demarcación, se convierten en cuatro: los
dos iniciales, más otros dos para vigilarlos. Proseguimos. Resulta que durante
esa jornada, también sale para vigilar los servicios el teniente jefe de línea
quien, a su vez, también necesita de otro hombre porque la Guardia Civil sale
siempre por parejas, tal y como establece su Reglamento. Vamos sumando, general.
Llevamos ya seis hombres para un servicio de patrulla.
«Aún no hemos
acabado porque, curiosamente, ese mismo día sale el capitán de la compañía de
vigilancia. Lo aplicado a los anteriores hace que sigamos sumando: dos, más
dos, más dos, más otros dos; en total vamos por ocho para un solo servicio, inicialmente
de dos guardias. Y aún no hemos acabado. El comandante, segundo Jefe y el
teniente coronel, Primer Jefe, bien podrían ese mismo día apetecerles salir a
vigilar, por lo que sumaríamos otros cuatro hombres más a los demás. En total,
vamos por doce. Pero, ¡oh casualidad! Seguimos sin llegar al final, porque al
Coronel del Tercio y, finalmente, a usted, el general de Zona, también podrían apetecerles
ese mismo día salir a vigilar a esos dos guardias de un anónimo Puesto perdido de
la geografía española.
«En definitiva,
dieciséis hombres, de ellos sólo dos para prestar un servicio; sin embargo, precisan
de catorce para vigilarlos. Si a todos ellos sumamos los respectivos vehículos
oficiales, de los cuales sólo son aptos para circular la de los Mandos que
vigilan ¿Cree usted, general, que necesita más hombres y medios la Guardia
Civil?
En verdad os digo
que todos quedamos estupefactos cuando el Ministro iba relatando, paso a paso, la
triste realidad. La situación era cómica, pero nadie se rió. El General se puso colorado de vergüenza, sin saber
dónde meterse.
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