A los policías nacionales, guardias civiles y militares,en especial los que cayeron abatidos por ETAdurante los denominados “años de plomo”.Y a todas las víctimas del terrorismo provocadas por ETAy por el atentado del 11 de marzo de 2004 de Madrid
PREÁMBULO
Un
determinado misil intercontinental tiene un alcance de unos 12000 Km.
y viaja a 24000 km/h, pero un ciberarma tiene un alcance ilimitado y
viaja a casi la velocidad de la luz, a 297000 km/seg.
(04:30
horas del 7 de febrero de 2016)
Las
Fuerzas Armadas de Marruecos dan inicio al ataque contra las plazas
españolas de Ceuta y Melilla.
El
Teniente Coronel de la Guardia Civil, Alejandro Márquez Jiménez,
encuadrado en el CCN-CERT1
desde 2007 −organismo adscrito al Centro Nacional de Inteligencia
(CNI)−, es Jefe del Área relativa a los “Ciberataques”. Su
equipo de especialistas estaba preparado y aguardaba expectante sus
órdenes.
El
jefe de la Guardia Civil esperaba que se produjera esa reacción del
rey alauita tras las graves noticias aparecidas el día anterior en
los medios internacionales de comunicación. La única opción del
monarca era la huida
hacia delante.
Los
UCAV −Unmanned Combat Air Vehicle, más conocidos como “drones”
o aviones no tripulados− llevaban algo más de diez minutos
sobrevolando espacio aéreo marroquí sin ser detectados y sus
cámaras enviaban imágenes a la base operativa de la isla de Gran
Canaria. Dentro del CCN-CERT, Márquez fue también, en su día,
responsable de los llamados
“Equipos Rojos” del Cuerpo de
Ciberdefensa2.
La “Ciberguerra”, una ciencia que parecía lejana, algo relativo
a la ciencia ficción, se había convertido en una realidad. Los
comienzos de esta nueva forma de guerra se iniciaron en Estonia en
2007, siendo en Georgia al año siguiente cuando por primera vez en
la historia se aunaba ataque militar y cibernético. Nadie pudo
demostrar la implicación de Rusia, aunque todas las agencias de
inteligencia del mundo lo sabían.
En
2008, el entonces capitán Márquez se familiarizó con el empleo de
drones en Pakistán cuando solicitó destino como agregado militar en
EEUU. Y en octubre de 2009, mandó su primera Unidad en el primer
ejercicio de Ciberdefensa.
El
guardia civil conoció la letalidad de las ciberarmas en 2010, cuando
el STUXNET, gusano
introducido
por una llave universal “Serial Bus” o lápiz electrónico,
creado por Israel y EEUU, inhabilitó el programa nuclear iraní.
Prácticas que no tenían secreto para él, pues no en vano se graduó
en la mejor de las escuelas: el Pentágono, en virtud de una
colaboración con unos viejos camaradas, Donovan Carrington y Frank
Jackson, de la CIA y la NSA respectivamente, una amistad que venía
de muy atrás. Márquez formó un Ejército
de Cibersoldados
en España, similar al JFCCNW3
americano. La misión de los cibersoldados era defender la red de
computadores de Defensa, destruir redes y entrar en los servidores
enemigos, robar y manipular información, así como dañar las
comunicaciones rivales para inutilizarlas. Durante los últimos años
se instalaron software malicioso, se robaron contraseñas, datos
confidenciales. Márquez se había convertido en el más reputado
especialista relativo a la guerra electrónica y en el empleo de las
“ciberarmas” como armas de destrucción masiva para el control
del Ciberespacio (el quinto dominio después de la Tierra, el Mar, el
Aire y el Espacio).
Las
04:30 horas del 7 de febrero de 2016, tal y como había previsto la
organización secreta a la que pertenecía el Teniente Coronel,
“Mártires por España” −una asociación de escasos miembros,
militares y guardias civiles, dirigida por el Teniente General
Salvador Salvatierra Martínez−, se producía la séptima y última
fase, que culminaba con el ataque militar de Marruecos. Un poco más
tarde, los Parlamentos de Cataluña y País Vasco declararon
unilateralmente su independencia y se alzaron en armas contra España.
Cuando
las primeras Unidades Militares marroquíes fueron detectadas en las
pantallas de los ordenadores del CCN-CERT, el teniente coronel daba
la orden ejecutiva a su equipo de quince hombres. El ciberataque
estaba organizado, coordinado y dirigido para hacer el mayor daño
posible. Instantes después, el contraataque dejaría inutilizado los
sistemas de comunicación, infraestructuras y capacidad de mando y
control del país africano. Durante los últimos años, “Mártires”
se había apoderado de los secretos cibernéticos de Marruecos.
A
las 04:45 horas comenzó la respuesta española a la provocación
militar alauita. Mientras, la Junta de Jefes de Estado Mayor, se
preparaba para responder con Unidades militares convencionales, ajena
por completo al ataque cibernético.
Los
ataques masivos de virus, códigos dañinos (malware), bombas
lógicas, troyanos-spyware, botnets infecciosos, gusanos, añadidos a
ataques D-Dos, Multivector, de Inyección y de Infección provocan la
inutilización y paralización del país. Seguidamente, se ponía en
marcha la carga útil de las ciberarmas y en cuestión de minutos se
va sucediendo los fallos catastróficos (“breakdown4”):
refinerías y oleoductos comienzan a explosionar, los sistemas de
tráfico se colapsan y la Fuerza Aérea no puede despegar, los trenes
de pasajeros y de carga descarrilan, las redes eléctricas caen y los
errores de los ordenadores llevan también a la caída del correo
electrónico militar. El temido “Ciber-11 S o Ciber-Katrina” se
desencadena por primera vez en la historia en el norte de África.
Al
mismo tiempo, un ataque armado por UCAV, se desencadena con efectos
devastadores sobre las unidades militares marroquíes. España había
adquirido recientemente cinco centenares de aviones no tripulados.
Drones controlados desde la base de Gran Canaria, patrullas UCAV
dotados de la más moderna tecnología americana en inteligencia de
imágenes y señales, que van diezmando unidades completas de
Infantería, carros de combate, aviones de caza que no podían
despegar, unidades navales… El desarrollo paralelo de una red de
inteligencia humana −que ubicó con exactitud su situación−
recogía los frutos de años previos de los agentes de inteligencia.
Quedan
destruidas las principales fábricas del país, vías de
comunicación, pistas de aterrizaje civil y militar, tendidos
eléctricos y telegráficos, depósitos y embalses, aeropuertos,
puertos… La destrucción se estaba llevando a cabo de forma
matemática.
Si
había un edificio en que el teniente coronel puso especial celo en
ser aplastado hasta sus cimientos era el edificio del Ministerio del
Interior, una vez supo que el responsable, Halim Misle, aguardaba en
su interior junto a los generales Malik Izam y Mohamed Chadid, y el
coronel Butrus Cadi. Los cuatro principales dirigentes del grupo
terrorista TAKFIR-WAL-HIJRA.
Apenas
se había esbozado un conato de guerra, Marruecos ya la había
perdido.
Cuando
se tuvieron noticias de los primeros ataques de Unidades policiales
vasca y catalana, se accionaron de forma paralela los mecanismos de
ciberguerra para dejar inutilizadas las líneas de comunicación y
suministro eléctrico de sus bases. Los drones
arrasan
los depósitos de armas de guerra que habían cruzado la frontera de
Francia, así como los barcos cubanos y venezolanos que transportaban
los carros de combate en las inmediaciones del puerto de Barcelona.
Antes
de las siete de la mañana del 7 de febrero de 2016, el intento de
desmembrar la nación española quedó abortado de cuajo. Alejandro
Márquez por fin se sintió liberado de su promesa de venganza. Una
promesa efectuada a los 13 años, cuando la banda asesina ETA acabara
con la vida de su padre. De paso, hizo justicia con los responsables
de la masacre del atentado del 11 de marzo de 2004, en los trenes de
cercanías de Madrid: el Ministro del Interior de Marruecos, Halim
Misle, y el rey alauita, Mustafá VI. Para él la humillación y
vergüenza de ver a su país derrotado.
LIBRO
PRIMERO
I
El
sol brillaba intensamente en el cielo azul y despejado de la mañana
en Bilbao, si bien una suave brisa transmitía la sensación
agradable de la primavera a las 08:30 horas del 3 de junio de 1993.
El policía nacional José Miguel Márquez Rodríguez, de 44 años,
se dirigía junto a sus dos hijos a la parada del autobús escolar.
Destinado
en la Comisaría de Bilbao desde hacía siete años, vivía con su
familia en el barrio Bidebieta de Basauri, a dos kilómetros de la
capital, en un piso de alquiler mezclado entre una multitud anónima.
El
policía nacional intentaba llevar una vida lo más desapercibida
posible. José Miguel había insuflado su propio código policial de
autoprotección a su mujer e hijos: no hablar, no confiar, no
entablar amistad con nadie, ni con los vecinos de escalera, ni
siquiera sus hijos con otros niños de la calle o de la escuela.
Cualquiera podría ser un delator, un chivato que acudiera presto a
dar la noticia de la presencia de un policía a la banda ETA. Aunque
llevaba muchos años de servicio en Bilbao y su mujer, Isabel, era
vasca, sus hijos sólo llevaban viviendo un año en Euskadi. La
consigna del policía: “Todo
esto es solo temporal. Un año pasa rápido y pronto regresaremos a
casa, a Alba de Tormes”.
Esa
mañana, como cualquier otra desde hacía un año, José Miguel
acompañaba a Alejandro y Araceli, de 13 y 11 años, respectivamente,
a la parada del autobús que los llevaba al Colegio. El policía
estaba muy próximo a conseguir su sueño de retornar a su tierra
natal de Alba de Tormes en Salamanca, porque las vacantes estaban
próximas a salir publicadas en el Boletín del Cuerpo, y llevaba
muchos años en el País Vasco. Quizás demasiado tiempo. Logró
obtener preferencia sobre sus compañeros a la hora de solicitar
nuevo destino. Había conseguido sobrevivir a la lacra del terrorismo
que algunos, desgraciadamente, no lograron durante los denominados
“años de plomo” de ETA. Su sueño podría hacerse realidad.
Meditaba
mientras aguardaba que viniera el autobús. Como la mayoría de
policías, guardias civiles o militares que servían en el Norte,
únicamente aspiraba a llevar una existencia humana. ¿Humana? −Cada
vez que pensaba en ello se le escapaba una sonrisa−. Si de esa
forma se puede denominar la ausencia total de vida, la ocultación
permanente y sistemática, que su círculo de amigos se reduciera
exclusivamente a sus compañeros, que siempre iba armado y en tensión
permanente, que cada vez que iba a utilizar su vehículo tenía que
agacharse por si en los bajos habían colocado algún artefacto
explosivo, que si entraba en algún lugar público se colocaba frente
a la puerta de entrada por si venían a asesinarlo… Si a todo es
“llevar
una vida”.
Lo que más le dolía era hacer partícipes de ello a su mujer e
hijos.
El
terrible sufrimiento psicológico, denominado “Síndrome del
Norte5”,
muchos no pudieron superarlo. Pero al policía le quedaba ya muy poco
para irse de una vez de esa tierra a la que detestaba y podría
comenzar una nueva vida. Como le comentaba a Isabel, su segunda
mujer, “empezaremos
de cero y seremos muy felices”.
Mientras
José Miguel soñaba estar viviendo sus últimos días en Bilbao, el
destino le tenía reservado otro distinto. Tanto él como su familia
llevaban controlados más de tres meses por un grupo de vigilancia
de objetivos,
adscrita al aparato de información de ETA. El citado grupo
(“pianistas”) se encargaba de “informar”. Y un policía
nacional, era clasificado como factible
con moderado grado de riesgo.
Factible,
porque repetía itinerarios (la circunstancias de mayor peligro)
desde las 08:20 a 08:30 horas, cuando aguardaban en la parada del
autobús; por otro, con
moderado grado de riesgo
porque un policía iba siempre armado (los terroristas priorizaban,
ante todo, su seguridad).
El
policía estaba destinado en la central operativa de los grupos Zeta,
encargado del radioteléfono de apoyo a las patrullas. Durante toda
su etapa en el País Vasco cumplió a rajatabla las medidas de
autoprotección. Hombre inteligente y precavido, cometía pocos
errores. Ajeno al peligro que le sobrevenía, fueron otras
circunstancias adversas las que marcaron su suerte.
La
historia de este policía era similar a la de cualquier otro agente
de los años ochenta y noventa destinado en Euskadi y Navarra. José
Miguel había ingresado en el Cuerpo un poco mayor de edad respecto
los demás compañeros de promoción, pues mientras la mayoría
rondaban poco más de veinte años, él estaba a punto de cumplir los
treinta.
Castellano,
salmantino de Alba de Tormes estaba predestinado, como hijo mayor de
una familia de campesinos a heredar
el trabajo de su padre. El campo, siempre fatigoso y duro, que daba
para vivir con estrecheces, pero con decencia.
Sus
padres, Pedro y Amalia, eran los típicos granjeros sin estudios,
personas sencillas, pero educadas y trabajadores natos e incansables,
a los que motivaba un único objetivo en la vida, que no era otro que
luchar para que sus hijos tuvieran la oportunidad de estudiar y
proporcionarles una existencia mejor que la que les tocó vivir a
ellos. Sin embargo, cuatro hijos eran demasiados y al mayor –José
Miguel− siempre le tocó echar
una mano
en casa, ayudando a su padre.
José
Miguel quiso siempre ser policía, la ilusión de su vida. Soñaba
con vivir dignamente, ganar un buen sueldo, vestir de uniforme,
limpio y aseado, sin tener que estar pendiente de las cosechas, las
lluvias, la maquinaria, el ganado, el dinero que apenas llegaba a fin
de mes… Ilusiones que se agolpaban en su mente como otros amigos
que conocía del pueblo y alrededores.
Su
hermano Javier, dos años menor, no quiso continuar estudiando porque
logró un puesto en una fábrica de la capital y parecía tener un
buen futuro. Sus dos hermanas, Inmaculada y Milagros, eran las más
pequeñas, y Pedro y Amalia albergaban la esperanza de que, al menos
alguna de ellas, fuera a la Universidad. Aunque José Miguel no
brilló como estudiante poseía la virtud del tesón, la constancia
de estudiar todas las noches, aunque llegara rendido, sacando fuerzas
de flaqueza para repasar una y otra vez el temario de ingreso en la
policía.
José
Miguel tenía novia desde los quince años, Noelia, que contaba sólo
con 13 cuando se conocieron. Una guapa chica del pueblo, hija única
de otro matrimonio compuesta por Rafael y María, que la tuvieron muy
mayores, cuando prácticamente pensaron que acabarían sin tener
descendencia.
José
Miguel y Noelia, un amor
a primera vista
que se inició en el baile de las fiestas locales de 1964. Estaban
muy enamorados e ilusionados y fueron muchos años de compromiso en
una época de noviazgos cortos. Noelia anhelaba casarse no demasiado
tarde, puesto que sus amigas se desposaban con apenas veinte años.
Ella le insistía en que podrían casarse antes de que ingresara en
la Policía, e irse a vivir mientras tanto con sus padres. Era hija
única y la casa espaciosa y grande, con lo que podían seguir
haciendo vida normal hasta que él aprobara los exámenes. José
Miguel, sin embargo, no tenía demasiada prisa puesto que antes
quería aprobar, ser policía. Tenía un capricho: le ilusionaba
casarse con el uniforme de gran gala.
Ambos
soñaban ver mundo fuera del pueblo, formar una familia numerosa y
ser felices en la gran ciudad, lugar lleno de oportunidades. Tras el
servicio militar que José Miguel tuvo que cumplir en Madrid y que
duró quince meses, se presentó por primera vez a las pruebas de
acceso en 1972, suspendiéndolas en el examen de cultura general.
Noelia, insistía en casarse porque no quería ser objeto de
comentarios pueblerinos maliciosos. Finalmente José Miguel, aunque
no muy convencido, viéndola sufrir con esa situación le prometió
que se casarían, aprobara o no dentro de un año, tiempo que calculó
que le llevaría aprobar al año siguiente.
José
Miguel creyó que no iba bien preparado en la convocatoria de 1973,
así que lo dejaría para la siguiente. Se apuntó a distancia en una
Academia −por cierto bastante cara−. Esa vez superó las pruebas
de cultura, pero suspendió las pruebas físicas en un golpe de mala
suerte, ya que en la carrera de fondo se torció el tobillo y no pudo
continuar.
Cuando
le propuso a Noelia posponer la boda otro año, se enfureció con él.
Para ella casarse había llegado a representar una obsesión. Al
bueno de José Miguel le costó sudor y lágrimas convencerla:
“Cariño,
te prometo que el próximo año aprobaré, y si suspendo nos casamos
igualmente”.
Persistente y sin caer en el desánimo, lo intentó de nuevo en 1975,
donde esta vez sí superó todas las pruebas, pero no le sirvió de
nada porque aprobó sin plaza. En esa convocatoria el número de
plazas ofertada fue bastante menor que años anteriores, quedándose
a cuarenta posiciones. Visiblemente afectado llegó a decir que sería
la última vez que lo intentara.
−Cariño,
no te haré esperar más, nos casamos este verano.
De
ese modo, la pareja se casó en agosto de 1976, yéndose a vivir a la
casa de los padres de Noelia. Aquel año José Miguel no se presentó
a la oposición, desilusionado por sus anteriores fracasos. Intentó
convencerse a sí mismo que, a fin de cuentas, tampoco era tan malo
ser agricultor. Sus padres, sus abuelos, sus suegros fueron también
campesinos. Se ganaba poco, pero vivirían dignamente. Parecía
decidido a arrojar
la toalla.
Cierta noche, viendo Noelia que su marido llevaba varias días sin
conciliar bien el sueño volvió a sacar a colación el tema.
−Aún
tienes tiempo. No lo eches a perder por una cabezonería. Estoy
segura que puedes conseguirlo.
−No
sé… no sé −respondió indeciso−. Sabía que, como siempre,
Noelia llevaba razón. Era una mujer inteligente y con sentido común.
Había tenido mucha suerte en casarse con ella.
José
Miguel fue poco a poco auto convenciéndose y retomó los estudios.
El temario se lo sabía prácticamente de memoria y estaba
actualizado gracias a los apuntes que le pasaba un amigo del pueblo
que aprobó en la última convocatoria. La edad máxima para ingresar
en el Cuerpo era treinta años. Teóricamente, le quedarían
únicamente dos posibilidades más. Noelia tenía una fe ciega en su
marido, por lo que no perdía oportunidad de alentarle:
−Quizás
sea ahora el mejor momento, cuando todo lo ves perdido, cuando vayas
sin ansias de aprobar, sin presión. No pierdes nada, y no quiero ver
a mi hombre lamentarse el resto de tu vida de no haber luchado hasta
el final; lo que ocurre es que has tenido mala suerte.
Efectivamente,
como vaticinó su mujer, fue a los exámenes sin la presión de
anteriores ocasiones. Superó las médicas, las deportivas y tuvo la
impresión que hizo un buen examen de conocimientos generales. Esa
convocatoria, además, aumentó el número de plazas. Sin embargo, no
quería hacerse ilusiones y regresó a casa diciéndole a su mujer
que le daba igual ingresar o no. Noelia fue explícita: “Entonces,
esta vez apruebas”.
No
se equivocó. José Miguel obtuvo el ingreso en ese penúltimo
intento (1978), obteniendo por fin la recompensa a tanto esfuerzo,
abriéndose un futuro esperanzador, nuevo e ilusionante. La pareja
iría a vivir a una capital
donde nadie podría mirarles por encima del hombro como vulgares
catetos.
1
Centro
de alerta nacional encargado de responder a los incidentes de
seguridad en el ciberespacio y que vela por la seguridad de la
información nacional clasificada.
2
Desde
que el Alto Mando de las FAS hiciera hincapié en ello, el Gobierno
accedió a la demanda de la creación del Cuerpo de Ciberdefensa,
incardinado como autónomo dentro del Ejército de Tierra.
3
Joint
Functional Component Command For Netxork Warfare; integrada por
personal de la CIA, ANS, FBI y Ejército.
4
Término
acuñado por RICHARD CLARKE, antiguo ejecutivo de contraterrorismo y
ciberseguridad en EEUU.
5
Proceso
patológico de índole psicológico, desarrollado por numerosos
militares y agentes del orden destinados en las provincias vascas y
Navarra.
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