viernes, 27 de marzo de 2015

Capítulo I - Sin Piedad



A los policías nacionales, guardias civiles y militares,
en especial los que cayeron abatidos por ETA
durante los denominados “años de plomo”.
Y a todas las víctimas del terrorismo provocadas por ETA
y por el atentado del 11 de marzo de 2004 de Madrid




PREÁMBULO

Un determinado misil intercontinental tiene un alcance de unos 12000 Km. y viaja a 24000 km/h, pero un ciberarma tiene un alcance ilimitado y viaja a casi la velocidad de la luz, a 297000 km/seg.

(04:30 horas del 7 de febrero de 2016)

Las Fuerzas Armadas de Marruecos dan inicio al ataque contra las plazas españolas de Ceuta y Melilla.

El Teniente Coronel de la Guardia Civil, Alejandro Márquez Jiménez, encuadrado en el CCN-CERT1 desde 2007 −organismo adscrito al Centro Nacional de Inteligencia (CNI)−, es Jefe del Área relativa a los “Ciberataques”. Su equipo de especialistas estaba preparado y aguardaba expectante sus órdenes.
El jefe de la Guardia Civil esperaba que se produjera esa reacción del rey alauita tras las graves noticias aparecidas el día anterior en los medios internacionales de comunicación. La única opción del monarca era la huida hacia delante.

Los UCAV −Unmanned Combat Air Vehicle, más conocidos como “drones” o aviones no tripulados− llevaban algo más de diez minutos sobrevolando espacio aéreo marroquí sin ser detectados y sus cámaras enviaban imágenes a la base operativa de la isla de Gran Canaria. Dentro del CCN-CERT, Márquez fue también, en su día, responsable de los llamados 
“Equipos Rojos” del Cuerpo de Ciberdefensa2. La “Ciberguerra”, una ciencia que parecía lejana, algo relativo a la ciencia ficción, se había convertido en una realidad. Los comienzos de esta nueva forma de guerra se iniciaron en Estonia en 2007, siendo en Georgia al año siguiente cuando por primera vez en la historia se aunaba ataque militar y cibernético. Nadie pudo demostrar la implicación de Rusia, aunque todas las agencias de inteligencia del mundo lo sabían.

En 2008, el entonces capitán Márquez se familiarizó con el empleo de drones en Pakistán cuando solicitó destino como agregado militar en EEUU. Y en octubre de 2009, mandó su primera Unidad en el primer ejercicio de Ciberdefensa.

El guardia civil conoció la letalidad de las ciberarmas en 2010, cuando el STUXNET, gusano introducido por una llave universal “Serial Bus” o lápiz electrónico, creado por Israel y EEUU, inhabilitó el programa nuclear iraní. Prácticas que no tenían secreto para él, pues no en vano se graduó en la mejor de las escuelas: el Pentágono, en virtud de una colaboración con unos viejos camaradas, Donovan Carrington y Frank Jackson, de la CIA y la NSA respectivamente, una amistad que venía de muy atrás. Márquez formó un Ejército de Cibersoldados en España, similar al JFCCNW3 americano. La misión de los cibersoldados era defender la red de computadores de Defensa, destruir redes y entrar en los servidores enemigos, robar y manipular información, así como dañar las comunicaciones rivales para inutilizarlas. Durante los últimos años se instalaron software malicioso, se robaron contraseñas, datos confidenciales. Márquez se había convertido en el más reputado especialista relativo a la guerra electrónica y en el empleo de las “ciberarmas” como armas de destrucción masiva para el control del Ciberespacio (el quinto dominio después de la Tierra, el Mar, el Aire y el Espacio).

Las 04:30 horas del 7 de febrero de 2016, tal y como había previsto la organización secreta a la que pertenecía el Teniente Coronel, “Mártires por España” −una asociación de escasos miembros, militares y guardias civiles, dirigida por el Teniente General Salvador Salvatierra Martínez−, se producía la séptima y última fase, que culminaba con el ataque militar de Marruecos. Un poco más tarde, los Parlamentos de Cataluña y País Vasco declararon unilateralmente su independencia y se alzaron en armas contra España.

Cuando las primeras Unidades Militares marroquíes fueron detectadas en las pantallas de los ordenadores del CCN-CERT, el teniente coronel daba la orden ejecutiva a su equipo de quince hombres. El ciberataque estaba organizado, coordinado y dirigido para hacer el mayor daño posible. Instantes después, el contraataque dejaría inutilizado los sistemas de comunicación, infraestructuras y capacidad de mando y control del país africano. Durante los últimos años, “Mártires” se había apoderado de los secretos cibernéticos de Marruecos.

A las 04:45 horas comenzó la respuesta española a la provocación militar alauita. Mientras, la Junta de Jefes de Estado Mayor, se preparaba para responder con Unidades militares convencionales, ajena por completo al ataque cibernético.
Los ataques masivos de virus, códigos dañinos (malware), bombas lógicas, troyanos-spyware, botnets infecciosos, gusanos, añadidos a ataques D-Dos, Multivector, de Inyección y de Infección provocan la inutilización y paralización del país. Seguidamente, se ponía en marcha la carga útil de las ciberarmas y en cuestión de minutos se va sucediendo los fallos catastróficos (“breakdown4”): refinerías y oleoductos comienzan a explosionar, los sistemas de tráfico se colapsan y la Fuerza Aérea no puede despegar, los trenes de pasajeros y de carga descarrilan, las redes eléctricas caen y los errores de los ordenadores llevan también a la caída del correo electrónico militar. El temido “Ciber-11 S o Ciber-Katrina” se desencadena por primera vez en la historia en el norte de África.

Al mismo tiempo, un ataque armado por UCAV, se desencadena con efectos devastadores sobre las unidades militares marroquíes. España había adquirido recientemente cinco centenares de aviones no tripulados. Drones controlados desde la base de Gran Canaria, patrullas UCAV dotados de la más moderna tecnología americana en inteligencia de imágenes y señales, que van diezmando unidades completas de Infantería, carros de combate, aviones de caza que no podían despegar, unidades navales… El desarrollo paralelo de una red de inteligencia humana −que ubicó con exactitud su situación− recogía los frutos de años previos de los agentes de inteligencia.

Quedan destruidas las principales fábricas del país, vías de comunicación, pistas de aterrizaje civil y militar, tendidos eléctricos y telegráficos, depósitos y embalses, aeropuertos, puertos… La destrucción se estaba llevando a cabo de forma matemática.

Si había un edificio en que el teniente coronel puso especial celo en ser aplastado hasta sus cimientos era el edificio del Ministerio del Interior, una vez supo que el responsable, Halim Misle, aguardaba en su interior junto a los generales Malik Izam y Mohamed Chadid, y el coronel Butrus Cadi. Los cuatro principales dirigentes del grupo terrorista TAKFIR-WAL-HIJRA.
Apenas se había esbozado un conato de guerra, Marruecos ya la había perdido.

Cuando se tuvieron noticias de los primeros ataques de Unidades policiales vasca y catalana, se accionaron de forma paralela los mecanismos de ciberguerra para dejar inutilizadas las líneas de comunicación y suministro eléctrico de sus bases. Los drones arrasan los depósitos de armas de guerra que habían cruzado la frontera de Francia, así como los barcos cubanos y venezolanos que transportaban los carros de combate en las inmediaciones del puerto de Barcelona.

Antes de las siete de la mañana del 7 de febrero de 2016, el intento de desmembrar la nación española quedó abortado de cuajo. Alejandro Márquez por fin se sintió liberado de su promesa de venganza. Una promesa efectuada a los 13 años, cuando la banda asesina ETA acabara con la vida de su padre. De paso, hizo justicia con los responsables de la masacre del atentado del 11 de marzo de 2004, en los trenes de cercanías de Madrid: el Ministro del Interior de Marruecos, Halim Misle, y el rey alauita, Mustafá VI. Para él la humillación y vergüenza de ver a su país derrotado.






LIBRO PRIMERO

I

El sol brillaba intensamente en el cielo azul y despejado de la mañana en Bilbao, si bien una suave brisa transmitía la sensación agradable de la primavera a las 08:30 horas del 3 de junio de 1993. El policía nacional José Miguel Márquez Rodríguez, de 44 años, se dirigía junto a sus dos hijos a la parada del autobús escolar.

Destinado en la Comisaría de Bilbao desde hacía siete años, vivía con su familia en el barrio Bidebieta de Basauri, a dos kilómetros de la capital, en un piso de alquiler mezclado entre una multitud anónima.

El policía nacional intentaba llevar una vida lo más desapercibida posible. José Miguel había insuflado su propio código policial de autoprotección a su mujer e hijos: no hablar, no confiar, no entablar amistad con nadie, ni con los vecinos de escalera, ni siquiera sus hijos con otros niños de la calle o de la escuela. Cualquiera podría ser un delator, un chivato que acudiera presto a dar la noticia de la presencia de un policía a la banda ETA. Aunque llevaba muchos años de servicio en Bilbao y su mujer, Isabel, era vasca, sus hijos sólo llevaban viviendo un año en Euskadi. La consigna del policía: “Todo esto es solo temporal. Un año pasa rápido y pronto regresaremos a casa, a Alba de Tormes”.

Esa mañana, como cualquier otra desde hacía un año, José Miguel acompañaba a Alejandro y Araceli, de 13 y 11 años, respectivamente, a la parada del autobús que los llevaba al Colegio. El policía estaba muy próximo a conseguir su sueño de retornar a su tierra natal de Alba de Tormes en Salamanca, porque las vacantes estaban próximas a salir publicadas en el Boletín del Cuerpo, y llevaba muchos años en el País Vasco. Quizás demasiado tiempo. Logró obtener preferencia sobre sus compañeros a la hora de solicitar nuevo destino. Había conseguido sobrevivir a la lacra del terrorismo que algunos, desgraciadamente, no lograron durante los denominados “años de plomo” de ETA. Su sueño podría hacerse realidad.

Meditaba mientras aguardaba que viniera el autobús. Como la mayoría de policías, guardias civiles o militares que servían en el Norte, únicamente aspiraba a llevar una existencia humana. ¿Humana? −Cada vez que pensaba en ello se le escapaba una sonrisa−. Si de esa forma se puede denominar la ausencia total de vida, la ocultación permanente y sistemática, que su círculo de amigos se reduciera exclusivamente a sus compañeros, que siempre iba armado y en tensión permanente, que cada vez que iba a utilizar su vehículo tenía que agacharse por si en los bajos habían colocado algún artefacto explosivo, que si entraba en algún lugar público se colocaba frente a la puerta de entrada por si venían a asesinarlo… Si a todo es “llevar una vida”. Lo que más le dolía era hacer partícipes de ello a su mujer e hijos.
El terrible sufrimiento psicológico, denominado “Síndrome del Norte5”, muchos no pudieron superarlo. Pero al policía le quedaba ya muy poco para irse de una vez de esa tierra a la que detestaba y podría comenzar una nueva vida. Como le comentaba a Isabel, su segunda mujer, “empezaremos de cero y seremos muy felices”.

Mientras José Miguel soñaba estar viviendo sus últimos días en Bilbao, el destino le tenía reservado otro distinto. Tanto él como su familia llevaban controlados más de tres meses por un grupo de vigilancia de objetivos, adscrita al aparato de información de ETA. El citado grupo (“pianistas”) se encargaba de “informar”. Y un policía nacional, era clasificado como factible con moderado grado de riesgo. Factible, porque repetía itinerarios (la circunstancias de mayor peligro) desde las 08:20 a 08:30 horas, cuando aguardaban en la parada del autobús; por otro, con moderado grado de riesgo porque un policía iba siempre armado (los terroristas priorizaban, ante todo, su seguridad).

El policía estaba destinado en la central operativa de los grupos Zeta, encargado del radioteléfono de apoyo a las patrullas. Durante toda su etapa en el País Vasco cumplió a rajatabla las medidas de autoprotección. Hombre inteligente y precavido, cometía pocos errores. Ajeno al peligro que le sobrevenía, fueron otras circunstancias adversas las que marcaron su suerte.


La historia de este policía era similar a la de cualquier otro agente de los años ochenta y noventa destinado en Euskadi y Navarra. José Miguel había ingresado en el Cuerpo un poco mayor de edad respecto los demás compañeros de promoción, pues mientras la mayoría rondaban poco más de veinte años, él estaba a punto de cumplir los treinta.
Castellano, salmantino de Alba de Tormes estaba predestinado, como hijo mayor de una familia de campesinos a heredar el trabajo de su padre. El campo, siempre fatigoso y duro, que daba para vivir con estrecheces, pero con decencia.

Sus padres, Pedro y Amalia, eran los típicos granjeros sin estudios, personas sencillas, pero educadas y trabajadores natos e incansables, a los que motivaba un único objetivo en la vida, que no era otro que luchar para que sus hijos tuvieran la oportunidad de estudiar y proporcionarles una existencia mejor que la que les tocó vivir a ellos. Sin embargo, cuatro hijos eran demasiados y al mayor –José Miguel− siempre le tocó echar una mano en casa, ayudando a su padre.

José Miguel quiso siempre ser policía, la ilusión de su vida. Soñaba con vivir dignamente, ganar un buen sueldo, vestir de uniforme, limpio y aseado, sin tener que estar pendiente de las cosechas, las lluvias, la maquinaria, el ganado, el dinero que apenas llegaba a fin de mes… Ilusiones que se agolpaban en su mente como otros amigos que conocía del pueblo y alrededores.
Su hermano Javier, dos años menor, no quiso continuar estudiando porque logró un puesto en una fábrica de la capital y parecía tener un buen futuro. Sus dos hermanas, Inmaculada y Milagros, eran las más pequeñas, y Pedro y Amalia albergaban la esperanza de que, al menos alguna de ellas, fuera a la Universidad. Aunque José Miguel no brilló como estudiante poseía la virtud del tesón, la constancia de estudiar todas las noches, aunque llegara rendido, sacando fuerzas de flaqueza para repasar una y otra vez el temario de ingreso en la policía.

José Miguel tenía novia desde los quince años, Noelia, que contaba sólo con 13 cuando se conocieron. Una guapa chica del pueblo, hija única de otro matrimonio compuesta por Rafael y María, que la tuvieron muy mayores, cuando prácticamente pensaron que acabarían sin tener descendencia.

José Miguel y Noelia, un amor a primera vista que se inició en el baile de las fiestas locales de 1964. Estaban muy enamorados e ilusionados y fueron muchos años de compromiso en una época de noviazgos cortos. Noelia anhelaba casarse no demasiado tarde, puesto que sus amigas se desposaban con apenas veinte años. Ella le insistía en que podrían casarse antes de que ingresara en la Policía, e irse a vivir mientras tanto con sus padres. Era hija única y la casa espaciosa y grande, con lo que podían seguir haciendo vida normal hasta que él aprobara los exámenes. José Miguel, sin embargo, no tenía demasiada prisa puesto que antes quería aprobar, ser policía. Tenía un capricho: le ilusionaba casarse con el uniforme de gran gala.

Ambos soñaban ver mundo fuera del pueblo, formar una familia numerosa y ser felices en la gran ciudad, lugar lleno de oportunidades. Tras el servicio militar que José Miguel tuvo que cumplir en Madrid y que duró quince meses, se presentó por primera vez a las pruebas de acceso en 1972, suspendiéndolas en el examen de cultura general. Noelia, insistía en casarse porque no quería ser objeto de comentarios pueblerinos maliciosos. Finalmente José Miguel, aunque no muy convencido, viéndola sufrir con esa situación le prometió que se casarían, aprobara o no dentro de un año, tiempo que calculó que le llevaría aprobar al año siguiente.

José Miguel creyó que no iba bien preparado en la convocatoria de 1973, así que lo dejaría para la siguiente. Se apuntó a distancia en una Academia −por cierto bastante cara−. Esa vez superó las pruebas de cultura, pero suspendió las pruebas físicas en un golpe de mala suerte, ya que en la carrera de fondo se torció el tobillo y no pudo continuar.

Cuando le propuso a Noelia posponer la boda otro año, se enfureció con él. Para ella casarse había llegado a representar una obsesión. Al bueno de José Miguel le costó sudor y lágrimas convencerla: “Cariño, te prometo que el próximo año aprobaré, y si suspendo nos casamos igualmente”. Persistente y sin caer en el desánimo, lo intentó de nuevo en 1975, donde esta vez sí superó todas las pruebas, pero no le sirvió de nada porque aprobó sin plaza. En esa convocatoria el número de plazas ofertada fue bastante menor que años anteriores, quedándose a cuarenta posiciones. Visiblemente afectado llegó a decir que sería la última vez que lo intentara.

−Cariño, no te haré esperar más, nos casamos este verano.
De ese modo, la pareja se casó en agosto de 1976, yéndose a vivir a la casa de los padres de Noelia. Aquel año José Miguel no se presentó a la oposición, desilusionado por sus anteriores fracasos. Intentó convencerse a sí mismo que, a fin de cuentas, tampoco era tan malo ser agricultor. Sus padres, sus abuelos, sus suegros fueron también campesinos. Se ganaba poco, pero vivirían dignamente. Parecía decidido a arrojar la toalla. Cierta noche, viendo Noelia que su marido llevaba varias días sin conciliar bien el sueño volvió a sacar a colación el tema.

−Aún tienes tiempo. No lo eches a perder por una cabezonería. Estoy segura que puedes conseguirlo.
−No sé… no sé −respondió indeciso−. Sabía que, como siempre, Noelia llevaba razón. Era una mujer inteligente y con sentido común. Había tenido mucha suerte en casarse con ella.

José Miguel fue poco a poco auto convenciéndose y retomó los estudios. El temario se lo sabía prácticamente de memoria y estaba actualizado gracias a los apuntes que le pasaba un amigo del pueblo que aprobó en la última convocatoria. La edad máxima para ingresar en el Cuerpo era treinta años. Teóricamente, le quedarían únicamente dos posibilidades más. Noelia tenía una fe ciega en su marido, por lo que no perdía oportunidad de alentarle:

−Quizás sea ahora el mejor momento, cuando todo lo ves perdido, cuando vayas sin ansias de aprobar, sin presión. No pierdes nada, y no quiero ver a mi hombre lamentarse el resto de tu vida de no haber luchado hasta el final; lo que ocurre es que has tenido mala suerte.

Efectivamente, como vaticinó su mujer, fue a los exámenes sin la presión de anteriores ocasiones. Superó las médicas, las deportivas y tuvo la impresión que hizo un buen examen de conocimientos generales. Esa convocatoria, además, aumentó el número de plazas. Sin embargo, no quería hacerse ilusiones y regresó a casa diciéndole a su mujer que le daba igual ingresar o no. Noelia fue explícita: “Entonces, esta vez apruebas”.

No se equivocó. José Miguel obtuvo el ingreso en ese penúltimo intento (1978), obteniendo por fin la recompensa a tanto esfuerzo, abriéndose un futuro esperanzador, nuevo e ilusionante. La pareja iría a vivir a una capital donde nadie podría mirarles por encima del hombro como vulgares catetos.



1 Centro de alerta nacional encargado de responder a los incidentes de seguridad en el ciberespacio y que vela por la seguridad de la información nacional clasificada.
2 Desde que el Alto Mando de las FAS hiciera hincapié en ello, el Gobierno accedió a la demanda de la creación del Cuerpo de Ciberdefensa, incardinado como autónomo dentro del Ejército de Tierra.

3 Joint Functional Component Command For Netxork Warfare; integrada por personal de la CIA, ANS, FBI y Ejército.
4 Término acuñado por RICHARD CLARKE, antiguo ejecutivo de contraterrorismo y ciberseguridad en EEUU.

5 Proceso patológico de índole psicológico, desarrollado por numerosos militares y agentes del orden destinados en las provincias vascas y Navarra.

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