viernes, 27 de marzo de 2015

Capítulo II - Sin Piedad



II
(Septiembre de 1978)



El teniente del arma de Caballería, Salvador Salvatierra Martínez, de 28 años, se incorporó al servicio de inteligencia, CESID. Hijo de un guardia civil asesinado por ETA en diciembre de 1974, en la localidad de Mondragón (Guipuzcoa), el joven oficial quedó marcado por el odio. Una ira de la que jamás se desprendió, un intenso rencor que no desaparecía nunca, enfermizo, visceral y que… tampoco quería borrar de sus entrañas, de lo más profundo de su ser hasta que lograra su legítima venganza.

Salvador dejó a un lado su inicial vocación de mandar una Unidad blindada de carros de combate, para fijarse como objetivo ingresar en Inteligencia y luchar contra los terroristas que habían asesinado a su padre. Desde que salió de la Academia General con 23 años no hizo otra cosa que intentar hacer méritos para lograr entrar en el CESID.

En 1978 el servicio de inteligencia español intentaba adaptarse a los nuevos tiempos. Lejos quedaba la antigua Organización Contrasubversiva Nacional (OCN) o el Servicio Central de Documentación (SECED). En 1974, el SECED asumió las competencias contra el terrorismo de ETA, cuando el Coronel Castillo se hizo cargo de la División de Operaciones. Castillo logró infiltrar a un agente del SECED, Miguel Legarza “EL LOBO” (apodado GORKA por la banda), y gracias a esa operación fueron detenidos 145 terroristas, entre ellos siete de sus principales dirigentes.

Sin embargo, el SECED no tenía competencias en Exteriores y Contraespionaje, aún en manos del ALTO ESTADO MAYOR (AEM), lo que resultó catastrófico para los intereses de España cuando en 1975, en los estertores del régimen de Franco, el AEM defendió la anexión del Sahara a Marruecos, cediendo a las presiones de Francia, Gran Bretaña, Arabia Saudí y EEUU, con la tesis de que un Sahara independiente en manos del FRENTE POLISARIO estaría apoyado por una Argelia revolucionaria y una Libia hostil a Occidente, lo que derivaría en una mayor fortaleza del MPAIAC (movimiento independentista canario) y una amenaza para el sistema defensivo euro-atlántico. Para el AEM se trataría de una prolongación del conflicto Este-Oeste, de la Guerra Fría. Un Sahara independiente y con un modelo de corte socialista iría en contra del modelo geoestratégico de EEUU, en su confrontación con la URSS. La integración en Marruecos era la mejor opción para los americanos y así conjurar el peligro comunista.

No era esa, por contra, la tesis del SECED, que establecía que la crisis tenía como origen la ideología nacionalista−expansionista del país alauita (proyecto del GRAN MARRUECOS) y lo que estaba en juego era, pura y sencillamente, la seguridad de España. Para el SECED, el expansionismo marroquí ponía en riesgo la seguridad de España y la política que proponía seguir era clara: promover un Sahara independiente para ponerle freno, máxime tras las fallidas anexiones marroquíes de Mauritania y del occidente de Argelia. Aquel error táctico hizo reaccionar al gobierno y provocó que en 1976 se fusionaran la 3ª Sección del AEM con el SECED, naciendo el CESID, que pasaría a controlar los organismos de inteligencia de la Guardia Civil y de la Dirección General de Seguridad del Estado. Se apostaba por un modelo único que aglutinaba la inteligencia exterior e interior.

Desde que nació el CESID en 1977, el objetivo prioritario fue la lucha contra ETA, destino que el teniente Salvatierra fijó en su punto de mira cuando recaló en 1978.

El teniente Salvatierra se granjeó las simpatías de sus superiores al ser víctima del terrorismo. Insistiendo en estar en primera línea, fue destinado a la Unidad Operativo de Apoyo, a uno de los cinco equipos de la denominada AGRUPACIÓN OPERATIVA DE MEDIOS ESPECIALES (AOME), y dentro de ella, en uno de los “SEA” (SERVICIO ESPECIAL DE AGENTES) cuyas misiones principales eran las acciones encubiertas.

El teniente coronel Perfecto Caíña, jefe de la División lo puso bajo las órdenes del SEA-Norte, del capitán Raúl Ibáñez, con la siguiente presentación: “Viene buscando guerra. Mataron a su padre en el 74. Creo que no tendrás problemas para integrarlo y ponerle a funcionar”. Y es que en abril de 1975, se había puesto clandestinamente en marcha, a espaldas del gobierno, en el mismo seno del SEA, el denominado BATALLÓN VASCO ESPAÑOL (BVE), mandado por Caíña e Ibáñez.

El BVE estaba compuesto en principio por militares, a los que se añadió con posterioridad guardias civiles. El capitán Ibáñez puso en marcha su equipo con tres suboficiales. La primera víctima mortal fue el empresario Chivite, de Vizcaya, familiar y simpatizante de ETA.

Con posterioridad, el BVE atacó diversos intereses abertzales provocando cuantiosos daños materiales, pero no volvió a asesinar hasta transcurridos dos años, el 07-09-1977, cuando eliminó un colaborador y confidente de ETA en la localidad guipuzcoana de Andoain. Unos meses antes, el 15 de junio, se habían celebrado las primeras elecciones democráticas en España.

El objetivo principal del SEA compuesto por el capitán Raúl Ibáñez, el teniente Salvador Salvatierra, el brigada de la Legión Luis Campomanes, el sargento primero del Ejército del Aire, Federico Lendinez y el sargento de la Armada, Armando Estivil era, en teoría, luchar contra el terrorismo etarra, detectando comandos y poniendo la información a disposición de la Policía o la Guardia Civil para que fueran estos últimos quienes procedieran a su detención y posterior entrega a la Justicia. En la práctica, el SEA-BVE se tomaba la justicia por su mano. Eran los denominados años de plomo y las circunstancias demandaban responder con sangre y fuego a la constante provocación terrorista. En los funerales del 26 de septiembre −habían asesinado dos guardias civiles en San Sebastián− el capitán Ibáñez organizó una entrevista con la Guardia Civil −entonces Grupo Operativo del Servicio de Información (GOSSI)−, dirigido por dos jóvenes oficiales: el capitán, Ignacio Suárez y el teniente Aníbal Nuño, ambos integrados también en el BVE desde el principio en 1975. Una reunión que marcaría la vida de Salvatierra.

Ibáñez ya había tanteado previamente a su nuevo segundo de a bordo; llegaba el momento de proponerle abiertamente cruzar la línea roja. Estaba seguro que el teniente estaba en su misma sintonía y la de su equipo. Desde que Salvatierra se incorporó a la Unidad, apenas once días antes, observó que su superior no hacía más que estudiarlo y observarlo. Sobre todo ponía especial atención cuando hablaban de los asesinatos etarras: “A estos cabrones habría que pagarles con sangre”.

Durante la noche previa a la reunión con los guardias civiles, salieron a cenar a un céntrico restaurante donostiarra. Se sentaron en una mesa y el capitán sacó de su cartera un recorte de prensa antiguo que colocó de sopetón delante del teniente. Se trataba del diario “El Correo” con la noticia del asesinato, reivindicado por el BVE, en la localidad de Andoain de septiembre del año anterior. Ibáñez lo miró fijamente a los ojos, confesó: “Esto es obra nuestra. Quiero proponerte que te introduzcas de lleno. Antes de responderme te aseguro que no reprocharé que te vayas, sin rencores”. Salvatierra extendió su mano para estrechársela: “Por fin. He estado esperando mucho tiempo este momento, mucho tiempo, mi capitán”. El teniente coronel Caíña parecía no haberse equivocado.

Al día siguiente se reunieron con los guardias civiles en la Comandancia de San Sebastián.

−Salvatierra, le presento al capitán Suárez y al teniente Nuño. Salvatierra ya es uno de los nuestros –puntualizó seguidamente.

−¡A sus órdenes, mi capitán! Encantado de conocerles −se estrecharon las manos.

Ibáñez fue directo al asunto con los guardias civiles. Sin rodeos.
−Tuvimos éxito en lo de San Juan de Luz.

Se refería al ametrallamiento que sufrió una pareja de etarras en esa localidad francesa, donde acabó falleciendo la mujer, quedando gravemente herido el hombre.

Salvatierra estaba nervioso, temblaba como un flan y su tez se tornó pálida y disimuló como pudo. Pero de lo que estaba seguro es que no podía estar en mejor sitio para lograr su oportunidad de ajustar cuentas contra los asesinos de su padre. Sus compañeros, mientras, comentaban el último atentado del denominado “Batallón Vasco Español, BVE”.
−Lástima que sólo fuera ella, pues el tipo aún vive −respondió Suárez, con una ligera sonrisa.

−Quiero preparar una nueva operación −dijo Ibáñez−, y esta vez quiero a Argala, ¿es cierto que lo tenéis localizado?
Los guardias tenían buenos contactos con la Gendarmería y eran los que mejor controlados tenían a ETA.

−Sí. Lo mejor de todo es que no sospecha nada. Por nosotros no hay ningún problema. Tú nos avisas cuando estéis preparados, para así tenerlo todo listo.

−¿De cuántos hombres puedes disponer? −preguntó Ibáñez.

−Como la última vez, alrededor de diez.

Se despidieron y se trasladaron a un piso del centro de San Sebastián propiedad del CESID. Salvatierra, aún con los nervios metidos en el cuerpo, quiso saber más.

−Mi capitán. ¿Para cuándo será lo de Argala?

−La semana que viene nos pondremos en marcha. Les diremos a los guardias que prosigan con la vigilancia estática.

El teniente era consciente del paso decisivo que había dado en su vida. Formaría parte de un grupo selecto de asesinos al margen del Estado.

−¿Cuándo empezó todo esto? −preguntó Salvatierra. Cuando Ibáñez lo miró fijamente, el teniente puntualizó:− Me refiero al BVE.

−Conozco a ese capitán y teniente de la Guardia Civil desde hace tres años. Juntos hicimos lo de Chivite en 1975 y también el ametrallamiento de San Juan de Luz, precisamente un hermano de aquél terrorista y su mujer. Desde entonces trabajamos juntos, compartimos información, coordinamos operaciones, estudiamos los detalles, pero siempre bajo nuestro mando. Ellos se mueven muy bien en Francia y eso facilita enormemente la labor. Muy pronto, podrás estrenarte…

−¿El gobierno sospecha algo de todo esto?

Ibáñez esbozó una ligera sonrisa:

−El nuevo ministro del Interior lleva en su puesto desde julio de 1976, no es tonto, pero no pregunta; lo tenemos peor con el de Defensa, que no sospecha sino que lo sabe… pero los Mandos lo repudian. Estamos apoyados por la cúpula del Ejército y de la Casa −apodo vulgar del CESID−. De momento, no debes preocuparte, tenemos las espaldas cubiertas por el actual Jefe, después de la traición que hemos padecido estos dos últimos años con el anterior. El muy cerdo se bajó los pantalones ante los comunistas y hasta fue de peregrinaje para contactar con los nacionalistas en el exilio.


Pocos días después de la reunión con los guardias civiles, el 3 de octubre de 1978, ETA asesinó al segundo Jefe de la Comandancia de Marina de Bilbao. Ese mismo día, Ibáñez se puso inmediatamente en contacto con Suárez para estudiar la eliminación de Argala. Fijaron fecha: sería la semana siguiente. Conocían el paradero del etarra en la localidad de Anglet. El equipo SEA llevaría a cabo la colocación del explosivo en los bajos del vehículo del terrorista, y el equipo de Suárez se encargaría de montar la vigilancia y de confeccionar el explosivo. Ibáñez había recibido, dos días después de la muerte del Capitán de Corbeta en Bilbao, una llamada del teniente coronel Caíña:

−Han venido a verme un grupo de oficiales de alta graduación de la Armada, entre ellos el padre del sargento Estívil, un Contralmirante, compañero de promoción de Carrero Blanco. Desde la muerte del Presidente del Gobierno querían vengarse matando a Argala, y este último asesinato los han puesto coléricos. El padre del sargento parecía estar al tanto de lo que hacemos. Bueno, el caso es que ponen a nuestra disposición siete hombres de los grupos especiales de combate de la Marina para ayudar “en lo que haga falta”. Por supuesto que les dije que ignoraba dónde querían ir a parar, pero no pude disimular cuando el padre de Estívil me dijo que “sabía lo que había”, prometiéndome que serían una tumba. Al final accedí a hablar con él, a solas. He quedado mañana por la mañana. ¿Qué quieres que le diga?

−Tenemos localizado al individuo. Lo tengo todo preparado para el mes que viene o, como mucho, dentro de dos. Habíamos dispuesto su eliminación, pero aún tengo que coordinarme con la Guardia Civil. Si los de la Marina nos dan a ese grupo les buscaremos alguna labor de seguridad o de cobertura. La responsabilidad de la misión será únicamente nuestra. Advertiré a Estívil que sea esta la última vez que filtre otra noticia. Creo que todavía hay algunos que no son conscientes del peligro que corremos si esto algún día sale a la luz.

−Entonces le diré al Contralmirante que acepto sus hombres, −dijo finalmente Caíña.

Durante los días siguientes, Ibáñez fue preparándolo todo concienzudamente. Salvatierra sería el encargado de dar cobertura de seguridad al sargento Lendínez, que sería quien colocaría la bomba. Ambos estarían respaldados en las inmediaciones por diez hombres de la Guardia Civil y siete de la Armada, que debidamente desplegados formaban dos anillos concéntricos alrededor del objetivo. Llegó el bautismo de fuego de Salvatierra.

El etarra ignoraba que aquella fría mañana del 21 de diciembre de 1978 le aguardaba la muerte. Durante los días previos habían ido cruzando la frontera guardias y marinos. Salvatierra y Lendínez lo hicieron el último día, llevando en el interior del vehículo el explosivo-lapa. Todos los equipos estaban dispuestos y en posición. Se aproximaron con el vehículo camuflado al que previamente colocaron placas falsas y, en el momento preciso, Lendínez se apeó y conectó la bomba al dispositivo de arranque del coche de Argala.

Al cabo de diez minutos, Argala salió de la cafetería, entró en el vehículo y accionó la llave. El estruendo y la explosión fueron terribles. Apenas quedaron restos del cuerpo. Salvatierra sintió cómo un escalofrío recorrió su espalda. Qué manera más horrible de morir, pensó. Pero en su interior, estaba reconfortado. Sí… se sintió aliviado. Se había convertido en cómplice de un crimen, por lo tanto, era un criminal, otro monstruo que actuaba de la misma forma que sus enemigos. Nada más lejos del código deontológico de un militar.

El operativo SEA cruzó la frontera. Mientras los guardias civiles regresaron a Intxaurrondo, los dos militares fueron a un piso y los tres suboficiales a otro distinto en la otra esquina de San Sebastián. Ambos inmuebles propiedad del CESID. Aquella noche, el teniente Salvatierra tardaba en dormirse. Daba vueltas y vueltas en la cama sin conciliar el sueño, pues no hacía más que venirle a la mente aquella explosión que acabó la vida de Argala. No se lo pensó más veces y salió a tomar una copa de madrugada. Debían salir por la mañana temprano hacia Madrid, −“A las ocho”, dijo su capitán−, pero tenía que acudir al alcohol si quería descansar. Y es que la bebida se había convertido últimamente en su refugio, pero pensaba que podía controlar la adicción.

Abandonó el piso sobre las doce y media de la noche de aquel invierno lluvioso de diciembre. Ibáñez dormía profundamente. Si se llegaba a enterar que salía a la calle contraviniendo las medidas de seguridad, le echaría un buen rapapolvo. Hacía una noche de perros y el viento hacía que el agua azotara violentamente su rostro. Comprobó su revolver −uno clandestino que utilizaba para las operaciones del BVE−, y cruzó la avenida vacía de transeúntes. No tenía paraguas y anduvo deprisa por la calle.

A la vuelta de un par de manzanas había una cafetería abierta. Se sacudió un poco el agua y entró en el establecimiento. “Un JB con hielo, por favor” pidió al barman que tenía cara de pocos amigos. A pesar de su rostro de niño y su formación militar, el teniente era un portento en el arte del camuflaje y el disimulo, pues en ello iba no sólo la eficacia en el servicio sino también la supervivencia. Unos pantalones vaqueros y cazadora desaliñados, barba de tres días y botas camperas le hacían parecer un delincuente que escapaba esa noche de la Policía.

Al fondo del local, un grupo de tres hombres, que hasta aquel momento habían estado hablando acaloradamente, pararon y lo observaron. Al creer que aquel desarrapado joven no sería nadie peligroso, retomaron la conversación. Aunque hablaban comedidamente, la voz llegaba nítida hasta donde se encontraba el militar. El que parecía mayor decía a los otros: “Quieren hacernos callar con su Constitución de mierda”, a lo que otro, con cara de ser algo más inteligente, puntualizó: “La autonomía no nos vale. Euskalherria quiere la independencia”, a lo que el tercero, el más lanzado, un tipo gordo y rechoncho, espetó más concluyente: “El PNV no va a permitirlo, además, los de ETA están golpeando fuerte y eso nos interesa. Con cada txakurra que muere, más cerca estamos de conseguirlo”.

Se trataba de tres dirigentes nacionalistas que conversaban sobre los últimos acontecimientos políticos: la Constitución Española a punto de ser aprobada, el rechazo del PNV, los crímenes de ETA y la anuencia con los propósitos independentistas de los asesinos. “Otro JB, por favor”, pidió el teniente al camarero. “Te lo pongo, pero date prisa, porque tengo que cerrar”, advirtió. Con dos copas seguro que conciliaría el sueño, pues ya sentía las primeras sensaciones del alcohol. Al cabo de media hora el camarero anunció que debía cerrar el local. Salvatierra pensó en regresar al piso, pero aquel individuo gordo y estúpido no había parado de proferir comentarios insultantes y vejatorios: “Hijos de puta españoles… me cago en la puta madre que parió a Franco y al Borbón… la puta hostia que parió a la Policía y los picolos”. Los whiskys y las horas sin dormir le producían una sensación extraña, mezcla de cansancio pero también otro efecto, más peligroso: la violencia. El alcohol le volvía violento, enrabietado. Aquel saco de grasa debía llevarse su merecido aquella misma noche. Lo había decidido sobre la marcha.

Salvatierra salió el primero y aguardó agazapado a la sombra de una esquina de un edificio de enfrente. Seguía lloviendo. El gordo lo había puesto de tan mala uva que apenas sentía el frío y la humedad. Los tres individuos abandonaron el local a pie y todos llevaban paraguas. Salvatierra los siguió ocultándose en la oscuridad de las aceras. A la una y media de la madrugada no transitaba un alma por la calle. Estaba calado hasta los huesos, pero el alcohol le había dado un subidón. Al cabo de unas cuantas manzanas, el tipo de más edad se despidió y quedaron sólo el gordo y el que parecía más inteligente. A la manzana siguiente el obeso quedó solo. Llegó el momento. La oportunidad parecía franca en esa noche de perros, cuando el separatista se introdujo en una bocacalle oscura y el muy estúpido ni siquiera miró su espalda. Lo abordó colocándole la punta del revólver detrás de la nuca.

−No te vuelvas. Tira el paraguas. Las manos en la nuca y de rodillas.

El paraguas salió volando por la violencia del viento. El abordado obedeció y gimoteó:

Toma mi cartera, tengo dinero.

Salvatierra lo cacheó y le quitó la cartera. Miró su DNI y leyó su nombre: Dionisio Aranzábal Díaz. Entre la documentación, un carné del PNV y otro del sindicato ELA. Cogió el dinero −cuatro mil quinientas pesetas− y se lo guardó. Le volvió a colocar la cartera en la chaqueta. El atracado permanecía de rodillas y de espaldas al atracador. Salvatierra se colocó un pasamontañas que sacó de uno de sus bolsillos de la cazadora −portaban esa prenda para colocársela cuando fuera necesario−, lo rodeó y se puso a su frente.

−Pide un último deseo saco de grasa, amigo de terroristas, voy a pegarte un tiro y luego te voy a cortar los huevos y colocártelos en la boca.

Dionisio era bilbaíno y llevaba residiendo en San Sebastián apenas cuatro meses desde que se casó con Eloisa Astarloa. “Dioni” −que era como le llamaban familiarmente−, al oír esas palabras y ver el individuo encapuchado donde resaltaba unos ojos muy abiertos y enrojecidos, comprendió que no se trataba de un simple atracador. Su rostro adoptó una mueca de terror. Le vino al pensamiento fugazmente el asesinato de terroristas que se estaban produciendo en Francia. “Y si empezaban a matar también a simpatizantes de los etarras como los del PNV”. Notó que la sangre se le agolpaba en las sienes y su corazón latía aceleradamente. Musitó:

−¿Qué quiere? Por favor, tengo esposa…

−Ahora no te veo tan valiente como hace unos minutos cuando insultabas a la Policía. Me cago en tu puta madre, cabrón de mierda –al decir esto último le propinó una patada en la cara, rompiéndole la nariz y varios dientes. Un golpe seco y fuerte. Dioni manaba abundante sangre por la nariz y la boca. Salvatierra cogió un cuchillo de caza que portaba en el empeine de su bota campera y le cortó de un tajo la oreja izquierda. El herido chilló emitiendo un alarido intenso. Otra patada en el costado y otra más en la cabeza lo anestesiaron totalmente. Con las botas de montaña los golpes fueron aún más brutales.

Cogió la oreja seccionada y se la introdujo en la boca, pero el individuo apenas respiraba y la obstrucción podría ahogarlo. Se la quitó y comprobó el pulso. Aún respiraba, aunque con dificultad. Menos mal, pensó que lo había matado. Recordó a su padre… ¡Qué coño, estoy haciendo lo correcto! Tenía que hacerle saber quién le había hecho aquello. Miró hacia un lado y otro de la calle y comprobó que todo permanecía oscuro y en calma. Ni un alma, sólo el ruido del viento y la lluvia al caer. Pasaban las dos de la mañana. Le volvió a coger el carné del PNV del interior de la chaqueta y con un bolígrafo garabateó las iniciales “BVE, y si dices algo de esto te mato a ti y a tu familia”. Un puerco al que le dio una lección que nunca olvidaría, pensó.

Allí se quedó Dioni, tendido en el suelo manando sangre y con la oreja seccionada colocada en una de sus manos. Mientras, el teniente se dirigía al piso bajo los efectos del alcohol y la adrenalina. Cavilaba si el gordo se atrevería denunciar. Seguramente no, tendría pánico.

Dioni despertó al cabo de una hora. Estaba empapado porque no había parado de llover. Si no se movía cogería una pulmonía. El dolor era incluso más insoportable que el frío, pero logró incorporarse llevándose la oreja. Caminando con dificultad llegó a su casa, que estaba cerca.

En el hospital le reimplantaron la oreja, pero Dioni no denunció los hechos, y menos cuando vio lo que aquel tipo le dejó escrito en su cartera. Apreciaba demasiado su vida en aquellos tiempos tan convulsos; además, no era ningún valiente. Dijo a los médicos que tuvo un ataque de ansiedad porque sufría de depresión. Jamás en su vida olvidaría aquellos ojos y aquella voz. Al cabo del tiempo se radicalizaría en sus opciones políticas, afiliándose a Herri Batasuna. De alguna manera, algún día podría vengarse de esa humillación.


El 27 de diciembre de 1978 se aprobó la Constitución. España intentaba reiniciar un nuevo futuro, asentado en la democracia. El capitán Suárez contactó con el jefe del equipo del CESID para comunicarle las últimas novedades.

−Ibáñez, los franceses no quieren saber nada de esto. Pero quieren algo a cambio −comentó a su colega, en una céntrica cafetería de Irún, refiriéndose al asesinato de Argala.

−Creía que los tenías comiendo de tu mano −dijo irónicamente el militar.
−Saben que hemos sido nosotros, pero mirarán para otro lado. Mi contacto de la Gendarmería dice que su Gobierno no está muy interesado en ETA, pero como contrapartida por ignorar este asunto piden que les ayudemos en la eliminación de alguno que les estorba. Creo que nos conviene el trato.

−Dile a tu colega que haremos lo que nos pidan. No podemos tenerlos en contra. Me chirrían los dientes cuando veo moverse allí a los etarras como Pedro por su casa.

Los años de plomo etarra proseguían. Si durante 1978 resultaron un total de 64 víctimas mortales, 1979 no le iba a la zaga. En abril se produjo cambio de titulares en los ministerios de Defensa e Interior, que estaban más preocupados por los insistentes rumores de golpe de Estado que por los asesinatos selectivos de terroristas que se producían en Francia. En mayo fueron asesinados un teniente general y dos coroneles en un mismo atentado. Ibáñez y Suárez respondieron acabando con un instructor de los comandos legales en Bayona un mes después, y a primeros de agosto ametrallando a tres etarras que paseaban tranquilamente por la playa.

Los franceses demandaron entonces la colaboración pendiente, y los SEA tuvieron que ofrecerse para acabar con la vida de un militante de extrema izquierda en París en septiembre. Los españoles se limitaron a efectuar las vigilancias y contravigilancias, pero la ejecución la llevarían a cabo los franceses. Ése era el trato.

Muertes por doquier. En España caían numerosos compañeros. Salvatierra se preguntaba si ETA quería tensar la cuerda al límite, provocar un golpe de Estado y una nueva guerra civil. Se rumoreaba en La Casa que podría estar fraguándose el golpe de Estado. Él no tenía dudas y lo apoyaría, al igual que la mayoría del Ejército. Si llegaba el momento, acabarían de cuajo con el problema etarra de una vez por todas, eliminándolos de la faz de la tierra, sin tener que esconderse como ahora.


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