II
(Septiembre
de 1978)
El
teniente del arma de Caballería, Salvador Salvatierra Martínez, de
28 años, se incorporó al servicio de inteligencia, CESID. Hijo de
un guardia civil asesinado por ETA en diciembre de 1974, en la
localidad de Mondragón (Guipuzcoa), el joven oficial quedó marcado
por el odio. Una ira de la que jamás se desprendió, un intenso
rencor que no desaparecía nunca, enfermizo, visceral y que…
tampoco quería borrar de sus entrañas, de lo más profundo de su
ser hasta que lograra su legítima venganza.
Salvador
dejó a un lado su inicial vocación de mandar una Unidad blindada de
carros de combate, para fijarse como objetivo ingresar en
Inteligencia y luchar contra los terroristas que habían asesinado a
su padre. Desde que salió de la Academia General con 23 años no
hizo otra cosa que intentar hacer méritos para lograr entrar en el
CESID.
En
1978 el servicio de inteligencia español intentaba adaptarse a los
nuevos tiempos. Lejos quedaba la antigua Organización
Contrasubversiva Nacional (OCN) o el Servicio Central de
Documentación (SECED). En 1974, el SECED asumió las competencias
contra el terrorismo de ETA, cuando el Coronel Castillo se hizo cargo
de la División de Operaciones. Castillo logró infiltrar a un agente
del SECED, Miguel Legarza “EL LOBO” (apodado GORKA por la banda),
y gracias a esa operación fueron detenidos 145 terroristas, entre
ellos siete de sus principales dirigentes.
Sin
embargo, el SECED no tenía competencias en Exteriores y
Contraespionaje, aún en manos del ALTO ESTADO MAYOR (AEM), lo que
resultó catastrófico para los intereses de España cuando en 1975,
en los estertores del régimen de Franco, el AEM defendió la anexión
del Sahara a Marruecos, cediendo a las presiones de Francia, Gran
Bretaña, Arabia Saudí y EEUU, con la tesis de que un Sahara
independiente en manos del FRENTE POLISARIO estaría apoyado por una
Argelia revolucionaria y una Libia hostil a Occidente, lo que
derivaría en una mayor fortaleza del MPAIAC (movimiento
independentista canario) y una amenaza para el sistema defensivo
euro-atlántico. Para el AEM se trataría de una prolongación del
conflicto Este-Oeste, de la Guerra
Fría.
Un Sahara independiente y con un modelo de corte socialista iría en
contra del modelo geoestratégico de EEUU, en su confrontación con
la URSS. La integración en Marruecos era la mejor opción para los
americanos y así conjurar el peligro comunista.
No
era esa, por contra, la tesis del SECED, que establecía que la
crisis tenía como origen la ideología nacionalista−expansionista
del país alauita (proyecto del GRAN MARRUECOS) y lo que estaba en
juego era, pura y sencillamente, la seguridad de España. Para el
SECED, el expansionismo marroquí ponía en riesgo la seguridad de
España y la política que proponía seguir era clara: promover un
Sahara independiente para ponerle freno, máxime tras las fallidas
anexiones marroquíes de Mauritania y del occidente de Argelia. Aquel
error táctico hizo reaccionar al gobierno y provocó que en 1976 se
fusionaran la 3ª Sección del AEM con el SECED, naciendo el CESID,
que pasaría a controlar los organismos de inteligencia de la Guardia
Civil y de la Dirección General de Seguridad del Estado. Se apostaba
por un modelo único que aglutinaba la inteligencia exterior e
interior.
Desde
que nació el CESID en 1977, el objetivo prioritario fue la lucha
contra ETA, destino que el teniente Salvatierra fijó en su punto de
mira cuando recaló en 1978.
El
teniente Salvatierra se granjeó las simpatías de sus superiores al
ser víctima del terrorismo. Insistiendo en estar en primera línea,
fue destinado a la Unidad Operativo de Apoyo, a uno de los cinco
equipos de la denominada AGRUPACIÓN OPERATIVA DE MEDIOS ESPECIALES
(AOME), y dentro de ella, en uno de los “SEA” (SERVICIO ESPECIAL
DE AGENTES) cuyas misiones principales eran las acciones encubiertas.
El
teniente coronel Perfecto Caíña, jefe de la División lo puso bajo
las órdenes del SEA-Norte, del capitán Raúl Ibáñez, con la
siguiente presentación: “Viene
buscando guerra. Mataron a su padre en el 74. Creo que no tendrás
problemas para integrarlo y ponerle a funcionar”.
Y es que en abril de 1975, se había puesto clandestinamente en
marcha, a espaldas del gobierno, en el mismo seno del SEA, el
denominado BATALLÓN VASCO ESPAÑOL (BVE), mandado por Caíña e
Ibáñez.
El
BVE estaba compuesto en principio por militares, a los que se añadió
con posterioridad guardias civiles. El capitán Ibáñez puso en
marcha su equipo con tres suboficiales. La primera víctima mortal
fue el empresario Chivite, de Vizcaya, familiar y simpatizante de
ETA.
Con
posterioridad, el BVE atacó diversos intereses abertzales provocando
cuantiosos daños materiales, pero no volvió a asesinar hasta
transcurridos dos años, el 07-09-1977, cuando eliminó un
colaborador y confidente de ETA en la localidad guipuzcoana de
Andoain. Unos meses antes, el 15 de junio, se habían celebrado las
primeras elecciones democráticas en España.
El
objetivo principal del SEA compuesto por el capitán Raúl Ibáñez,
el teniente Salvador Salvatierra, el brigada de la Legión Luis
Campomanes, el sargento primero del Ejército del Aire, Federico
Lendinez y el sargento de la Armada, Armando Estivil era, en teoría,
luchar contra el terrorismo etarra, detectando comandos y poniendo la
información a disposición de la Policía o la Guardia Civil para
que fueran estos últimos quienes procedieran a su detención y
posterior entrega a la Justicia. En la práctica, el SEA-BVE se
tomaba la
justicia por su mano.
Eran los denominados años
de plomo
y las circunstancias demandaban responder con sangre y fuego a la
constante provocación terrorista. En los funerales del 26 de
septiembre −habían asesinado dos guardias civiles en San
Sebastián− el capitán Ibáñez organizó una entrevista con la
Guardia Civil −entonces Grupo Operativo del Servicio de Información
(GOSSI)−, dirigido por dos jóvenes oficiales: el capitán, Ignacio
Suárez y el teniente Aníbal Nuño, ambos integrados también en el
BVE desde el principio en 1975. Una reunión que marcaría la vida de
Salvatierra.
Ibáñez
ya había tanteado previamente a su nuevo segundo
de
a
bordo;
llegaba el momento de proponerle abiertamente cruzar la
línea roja.
Estaba seguro que el teniente estaba en su misma sintonía y la de su
equipo. Desde que Salvatierra se incorporó a la Unidad, apenas once
días antes, observó que su superior no hacía más que estudiarlo y
observarlo. Sobre todo ponía especial atención cuando hablaban de
los asesinatos etarras: “A
estos cabrones habría que pagarles con sangre”.
Durante
la noche previa a la reunión con los guardias civiles, salieron a
cenar a un céntrico restaurante donostiarra. Se sentaron en una mesa
y el capitán sacó de su cartera un recorte de prensa antiguo que
colocó de sopetón delante del teniente. Se trataba del diario “El
Correo” con la noticia del asesinato, reivindicado por el BVE, en
la localidad de Andoain de septiembre del año anterior. Ibáñez lo
miró fijamente a los ojos, confesó: “Esto
es obra nuestra. Quiero proponerte que te introduzcas de lleno. Antes
de responderme te aseguro que no reprocharé que te vayas, sin
rencores”.
Salvatierra extendió su mano para estrechársela: “Por
fin. He estado esperando mucho tiempo este momento, mucho tiempo, mi
capitán”.
El teniente coronel Caíña parecía no haberse equivocado.
Al
día siguiente se reunieron con los guardias civiles en la
Comandancia de San Sebastián.
−Salvatierra,
le presento al capitán Suárez y al teniente Nuño. Salvatierra ya
es uno de los nuestros –puntualizó seguidamente.
−¡A
sus órdenes, mi capitán! Encantado de conocerles −se estrecharon
las manos.
Ibáñez
fue directo al asunto con los guardias civiles. Sin rodeos.
−Tuvimos
éxito en lo de San Juan de Luz.
Se
refería al ametrallamiento que sufrió una pareja de etarras en esa
localidad francesa, donde acabó falleciendo la mujer, quedando
gravemente herido el hombre.
Salvatierra
estaba nervioso, temblaba como un flan y su tez se tornó pálida y
disimuló como pudo. Pero de lo que estaba seguro es que no podía
estar en mejor sitio para lograr su oportunidad de ajustar cuentas
contra los asesinos de su padre. Sus compañeros, mientras,
comentaban el último atentado del denominado “Batallón Vasco
Español, BVE”.
−Lástima
que sólo fuera ella, pues el tipo aún vive −respondió Suárez,
con una ligera sonrisa.
−Quiero
preparar una nueva operación −dijo Ibáñez−, y esta vez quiero
a Argala, ¿es cierto que lo tenéis localizado?
Los
guardias tenían buenos contactos con la Gendarmería y eran los que
mejor controlados tenían a ETA.
−Sí.
Lo mejor de todo es que no sospecha nada. Por nosotros no hay ningún
problema. Tú nos avisas cuando estéis preparados, para así tenerlo
todo listo.
−¿De
cuántos hombres puedes disponer? −preguntó Ibáñez.
−Como
la última vez, alrededor de diez.
Se
despidieron y se trasladaron a un piso del centro de San Sebastián
propiedad del CESID. Salvatierra, aún con los nervios metidos en el
cuerpo, quiso saber más.
−Mi
capitán. ¿Para cuándo será lo de Argala?
−La
semana que viene nos pondremos en marcha. Les diremos a los guardias
que prosigan con la vigilancia estática.
El
teniente era consciente del paso decisivo que había dado en su vida.
Formaría parte de un grupo selecto de asesinos al margen del Estado.
−¿Cuándo
empezó todo esto? −preguntó Salvatierra. Cuando Ibáñez lo miró
fijamente, el teniente puntualizó:− Me refiero al BVE.
−Conozco
a ese capitán y teniente de la Guardia Civil desde hace tres años.
Juntos hicimos lo de Chivite en 1975 y también el ametrallamiento de
San Juan de Luz, precisamente un hermano de aquél terrorista y su
mujer. Desde entonces trabajamos juntos, compartimos información,
coordinamos operaciones, estudiamos los detalles, pero siempre bajo
nuestro mando. Ellos se mueven muy bien en Francia y eso facilita
enormemente la labor. Muy pronto, podrás estrenarte…
−¿El
gobierno sospecha algo de todo esto?
Ibáñez
esbozó una ligera sonrisa:
−El
nuevo ministro del Interior lleva en su puesto desde julio de 1976,
no es tonto, pero no pregunta; lo tenemos peor con el de Defensa, que
no sospecha sino que lo sabe… pero los Mandos lo repudian. Estamos
apoyados por la cúpula del Ejército y de la
Casa −apodo
vulgar del CESID−. De momento, no debes preocuparte, tenemos las
espaldas cubiertas por el actual Jefe, después de la traición que
hemos padecido estos dos últimos años con el anterior. El muy cerdo
se bajó los pantalones ante los comunistas y hasta fue de
peregrinaje para contactar con los nacionalistas en el exilio.
Pocos
días después de la reunión con los guardias civiles, el 3 de
octubre de 1978, ETA asesinó al segundo Jefe de la Comandancia de
Marina de Bilbao. Ese mismo día, Ibáñez se puso inmediatamente en
contacto con Suárez para estudiar la eliminación de Argala. Fijaron
fecha: sería la semana siguiente. Conocían el paradero del etarra
en la localidad de Anglet. El equipo SEA llevaría a cabo la
colocación del explosivo en los bajos del vehículo del terrorista,
y el equipo de Suárez se encargaría de montar la vigilancia y de
confeccionar el explosivo. Ibáñez había recibido, dos días
después de la muerte del Capitán de Corbeta en Bilbao, una llamada
del teniente coronel Caíña:
−Han
venido a verme un grupo de oficiales de alta graduación de la
Armada, entre ellos el padre del sargento Estívil, un
Contralmirante, compañero de promoción de Carrero Blanco. Desde la
muerte del Presidente del Gobierno querían vengarse matando a
Argala, y este último asesinato los han puesto coléricos. El padre
del sargento parecía estar al tanto de lo que hacemos. Bueno, el
caso es que ponen a nuestra disposición siete hombres de los grupos
especiales de combate de la Marina para ayudar “en
lo que haga falta”.
Por supuesto que les dije que ignoraba dónde querían ir a parar,
pero no pude disimular cuando el padre de Estívil me dijo que “sabía
lo que había”,
prometiéndome que serían una tumba. Al final accedí a hablar con
él, a solas. He quedado mañana por la mañana. ¿Qué quieres que
le diga?
−Tenemos
localizado al individuo. Lo tengo todo preparado para el mes que
viene o, como mucho, dentro de dos. Habíamos dispuesto su
eliminación, pero aún tengo que coordinarme con la Guardia Civil.
Si los de la Marina nos dan a ese grupo les buscaremos alguna labor
de seguridad o de cobertura. La responsabilidad de la misión será
únicamente nuestra. Advertiré a Estívil que sea esta la última
vez que filtre otra noticia. Creo que todavía hay algunos que no son
conscientes del peligro que corremos si esto algún día sale a la
luz.
−Entonces
le diré al Contralmirante que acepto sus hombres, −dijo finalmente
Caíña.
Durante
los días siguientes, Ibáñez fue preparándolo todo
concienzudamente. Salvatierra sería el encargado de dar cobertura de
seguridad al sargento Lendínez, que sería quien colocaría la
bomba. Ambos estarían respaldados en las inmediaciones por diez
hombres de la Guardia Civil y siete de la Armada, que debidamente
desplegados formaban dos anillos concéntricos alrededor del
objetivo. Llegó el bautismo de fuego de Salvatierra.
El
etarra ignoraba que aquella fría mañana del 21 de diciembre de 1978
le aguardaba la muerte. Durante los días previos habían ido
cruzando la frontera guardias y marinos. Salvatierra y Lendínez lo
hicieron el último día, llevando en el interior del vehículo el
explosivo-lapa. Todos los equipos estaban dispuestos y en posición.
Se aproximaron con el vehículo camuflado al que previamente
colocaron placas falsas y, en el momento preciso, Lendínez se apeó
y conectó la bomba al dispositivo de arranque del coche de Argala.
Al
cabo de diez minutos, Argala salió de la cafetería, entró en el
vehículo y accionó la llave. El estruendo y la explosión fueron
terribles. Apenas quedaron restos del cuerpo. Salvatierra sintió
cómo un escalofrío recorrió su espalda. Qué manera más horrible
de morir, pensó. Pero en su interior, estaba reconfortado. Sí… se
sintió aliviado. Se había convertido en cómplice de un crimen, por
lo tanto, era un criminal, otro monstruo que actuaba de la misma
forma que sus enemigos. Nada más lejos del código deontológico de
un militar.
El
operativo SEA cruzó la frontera. Mientras los guardias civiles
regresaron a Intxaurrondo, los dos militares fueron a un piso y los
tres suboficiales a otro distinto en la otra esquina de San
Sebastián. Ambos inmuebles propiedad del CESID. Aquella noche, el
teniente Salvatierra tardaba en dormirse. Daba vueltas y vueltas en
la cama sin conciliar el sueño, pues no hacía más que venirle a la
mente aquella explosión que acabó la vida de Argala. No se lo pensó
más veces y salió a tomar una copa de madrugada. Debían salir por
la mañana temprano hacia Madrid, −“A
las ocho”,
dijo su capitán−, pero tenía que acudir al alcohol si quería
descansar. Y es que la bebida se había convertido últimamente en su
refugio, pero pensaba que podía controlar la adicción.
Abandonó
el piso sobre las doce y media de la noche de aquel invierno lluvioso
de diciembre. Ibáñez dormía profundamente. Si se llegaba a enterar
que salía a la calle contraviniendo las medidas de seguridad, le
echaría un buen rapapolvo. Hacía una noche de perros y el viento
hacía que el agua azotara violentamente su rostro. Comprobó su
revolver −uno clandestino que utilizaba para las operaciones del
BVE−, y cruzó la avenida vacía de transeúntes. No tenía
paraguas y anduvo deprisa por la calle.
A
la vuelta de un par de manzanas había una cafetería abierta. Se
sacudió un poco el agua y entró en el establecimiento. “Un
JB con hielo, por favor”
pidió al barman que tenía cara de pocos amigos. A pesar de su
rostro de niño y su formación militar, el teniente era un portento
en el arte del camuflaje y el disimulo, pues en ello iba no sólo la
eficacia en el servicio sino también la supervivencia. Unos
pantalones vaqueros y cazadora desaliñados, barba de tres días y
botas camperas le hacían parecer un delincuente que escapaba esa
noche de la Policía.
Al
fondo del local, un grupo de tres hombres, que hasta aquel momento
habían estado hablando acaloradamente, pararon y lo observaron. Al
creer que aquel desarrapado joven no sería nadie peligroso,
retomaron la conversación. Aunque hablaban comedidamente, la voz
llegaba nítida hasta donde se encontraba el militar. El que parecía
mayor decía a los otros: “Quieren
hacernos callar con su Constitución de mierda”,
a lo que otro, con cara de ser algo más inteligente, puntualizó:
“La
autonomía no nos vale. Euskalherria quiere la independencia”,
a lo que el tercero, el más lanzado, un tipo gordo y rechoncho,
espetó más concluyente: “El
PNV no va a permitirlo, además, los de ETA están golpeando fuerte y
eso nos interesa. Con cada txakurra que muere, más cerca estamos de
conseguirlo”.
Se
trataba de tres dirigentes nacionalistas que conversaban sobre los
últimos acontecimientos políticos: la Constitución Española a
punto de ser aprobada, el rechazo del PNV, los crímenes de ETA y la
anuencia con los propósitos independentistas de los asesinos. “Otro
JB, por favor”,
pidió el teniente al camarero. “Te
lo pongo, pero date prisa, porque tengo que cerrar”,
advirtió. Con dos copas seguro que conciliaría el sueño, pues ya
sentía las primeras sensaciones del alcohol. Al cabo de media hora
el camarero anunció que debía cerrar el local. Salvatierra pensó
en regresar al piso, pero aquel individuo gordo y estúpido no había
parado de proferir comentarios insultantes y vejatorios: “Hijos
de puta españoles… me cago en la puta madre que parió a Franco y
al Borbón… la puta hostia que parió a la Policía y los picolos”.
Los whiskys y las horas sin dormir le producían una sensación
extraña, mezcla de cansancio pero también otro efecto, más
peligroso: la violencia. El alcohol le volvía violento, enrabietado.
Aquel saco
de grasa
debía llevarse su merecido aquella misma noche. Lo había decidido
sobre la marcha.
Salvatierra
salió el primero y aguardó agazapado a la sombra de una esquina de
un edificio de enfrente. Seguía lloviendo. El gordo lo había puesto
de tan mala
uva
que apenas sentía el frío y la humedad. Los tres individuos
abandonaron el local a pie y todos llevaban paraguas. Salvatierra los
siguió ocultándose en la oscuridad de las aceras. A la una y media
de la madrugada no transitaba un alma por la calle. Estaba calado
hasta los huesos, pero el alcohol le había dado un subidón.
Al cabo de unas cuantas manzanas, el tipo de más edad se despidió y
quedaron sólo el gordo y el que parecía más inteligente. A la
manzana siguiente el obeso quedó solo. Llegó el momento. La
oportunidad parecía franca en esa noche de perros, cuando el
separatista se introdujo en una bocacalle oscura y el muy estúpido
ni siquiera miró su espalda. Lo abordó colocándole la punta del
revólver detrás de la nuca.
−No
te vuelvas. Tira el paraguas. Las manos en la nuca y de rodillas.
El
paraguas salió volando por la violencia del viento. El abordado
obedeció y gimoteó:
−Toma
mi cartera, tengo dinero.
Salvatierra
lo cacheó y le quitó la cartera. Miró su DNI y leyó su nombre:
Dionisio Aranzábal Díaz. Entre la documentación, un carné del PNV
y otro del sindicato ELA. Cogió el dinero −cuatro mil quinientas
pesetas− y se lo guardó. Le volvió a colocar la cartera en la
chaqueta. El atracado permanecía de rodillas y de espaldas al
atracador. Salvatierra se colocó un pasamontañas que sacó de uno
de sus bolsillos de la cazadora −portaban esa prenda para
colocársela cuando fuera necesario−, lo rodeó y se puso a su
frente.
−Pide
un último deseo saco de grasa, amigo de terroristas, voy a pegarte
un tiro y luego te voy a cortar los huevos y colocártelos en la
boca.
Dionisio
era bilbaíno y llevaba residiendo en San Sebastián apenas cuatro
meses desde que se casó con Eloisa Astarloa. “Dioni” −que era
como le llamaban familiarmente−, al oír esas palabras y ver el
individuo encapuchado donde resaltaba unos ojos muy abiertos y
enrojecidos, comprendió que no se trataba de un simple atracador. Su
rostro adoptó una mueca de terror. Le vino al pensamiento fugazmente
el asesinato de terroristas que se estaban produciendo en Francia. “Y
si empezaban a matar también a simpatizantes de los etarras como los
del PNV”.
Notó que la sangre se le agolpaba en las sienes y su corazón latía
aceleradamente. Musitó:
−¿Qué
quiere? Por favor, tengo esposa…
−Ahora
no te veo tan valiente como hace unos minutos cuando insultabas a la
Policía. Me cago en tu puta madre, cabrón de mierda –al decir
esto último le propinó una patada en la cara, rompiéndole la nariz
y varios dientes. Un golpe seco y fuerte. Dioni manaba abundante
sangre por la nariz y la boca. Salvatierra cogió un cuchillo de caza
que portaba en el empeine de su bota campera y le cortó de un tajo
la oreja izquierda. El herido chilló emitiendo un alarido intenso.
Otra patada en el costado y otra más en la cabeza lo anestesiaron
totalmente. Con las botas de montaña los golpes fueron aún más
brutales.
Cogió
la oreja seccionada y se la introdujo en la boca, pero el individuo
apenas respiraba y la obstrucción podría ahogarlo. Se la quitó y
comprobó el pulso. Aún respiraba, aunque con dificultad. Menos mal,
pensó que lo había matado. Recordó a su padre… ¡Qué
coño, estoy haciendo lo correcto! Tenía
que hacerle saber quién le había hecho aquello. Miró hacia un lado
y otro de la calle y comprobó que todo permanecía oscuro y en
calma. Ni un alma, sólo el ruido del viento y la lluvia al caer.
Pasaban las dos de la mañana. Le volvió a coger el carné del PNV
del interior de la chaqueta y con un bolígrafo garabateó las
iniciales “BVE,
y si dices algo de esto te mato a ti y a tu familia”.
Un puerco al que le dio una lección que nunca olvidaría, pensó.
Allí
se quedó Dioni, tendido en el suelo manando sangre y con la oreja
seccionada colocada en una de sus manos. Mientras, el teniente se
dirigía al piso bajo los efectos del alcohol y la adrenalina.
Cavilaba si el gordo se atrevería denunciar. Seguramente no, tendría
pánico.
Dioni
despertó al cabo de una hora. Estaba empapado porque no había
parado de llover. Si no se movía cogería una pulmonía. El dolor
era incluso más insoportable que el frío, pero logró incorporarse
llevándose la oreja. Caminando con dificultad llegó a su casa, que
estaba cerca.
En
el hospital le reimplantaron la oreja, pero Dioni no denunció los
hechos, y menos cuando vio lo que aquel tipo le dejó escrito en su
cartera. Apreciaba demasiado su vida en aquellos tiempos tan
convulsos; además, no era ningún valiente. Dijo a los médicos que
tuvo un ataque de ansiedad porque sufría de depresión. Jamás en su
vida olvidaría aquellos ojos y aquella voz. Al cabo del tiempo se
radicalizaría en sus opciones políticas, afiliándose a Herri
Batasuna. De alguna manera, algún día podría vengarse de esa
humillación.
El
27 de diciembre de 1978 se aprobó la Constitución. España
intentaba reiniciar un nuevo futuro, asentado en la democracia. El
capitán Suárez contactó con el jefe del equipo del CESID para
comunicarle las últimas novedades.
−Ibáñez,
los franceses no quieren saber nada de esto. Pero quieren algo a
cambio −comentó a su colega, en una céntrica cafetería de Irún,
refiriéndose al asesinato de Argala.
−Creía
que los tenías comiendo de tu mano −dijo irónicamente el militar.
−Saben
que hemos sido nosotros, pero mirarán para otro lado. Mi contacto de
la Gendarmería dice que su Gobierno no está muy interesado en ETA,
pero como contrapartida por ignorar este asunto piden que les
ayudemos en la eliminación de alguno que les estorba. Creo que nos
conviene el trato.
−Dile
a tu colega que haremos lo que nos pidan. No podemos tenerlos en
contra. Me chirrían los dientes cuando veo moverse allí a los
etarras como
Pedro por su casa.
Los
años de plomo etarra proseguían. Si durante 1978 resultaron un
total de 64 víctimas mortales, 1979 no le iba a la zaga. En abril se
produjo cambio de titulares en los ministerios de Defensa e Interior,
que estaban más preocupados por los insistentes rumores de golpe de
Estado que por los asesinatos selectivos de terroristas que se
producían en Francia. En mayo fueron asesinados un teniente general
y dos coroneles en un mismo atentado. Ibáñez y Suárez respondieron
acabando con un instructor de los comandos legales en Bayona un mes
después, y a primeros de agosto ametrallando a tres etarras que
paseaban tranquilamente por la playa.
Los
franceses demandaron entonces la colaboración pendiente, y los SEA
tuvieron que ofrecerse para acabar con la vida de un militante de
extrema izquierda en París en septiembre. Los españoles se
limitaron a efectuar las vigilancias y contravigilancias, pero la
ejecución la llevarían a cabo los franceses. Ése era el trato.
Muertes
por doquier. En España caían numerosos compañeros. Salvatierra se
preguntaba si ETA quería tensar la cuerda al límite, provocar un
golpe de Estado y una nueva guerra civil. Se rumoreaba en La
Casa
que podría estar fraguándose el golpe de Estado. Él no tenía
dudas y lo apoyaría, al igual que la mayoría del Ejército. Si
llegaba el momento, acabarían de cuajo con el problema etarra de una
vez por todas, eliminándolos de la faz de la tierra, sin tener que
esconderse como ahora.
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