¿Se han imaginado cómo transcurriría algunas de las conversaciones entre los mandatarios del país cuando se daban las órdenes?
(...)
(Mayo 1983)
−Aquí se acabó eso de esconder los
féretros y llevárselos deprisa y a escondidas. Tendrán un entierro digno y con
el gobierno de su lado −indicó el ministro del Interior a los Delegados del
Gobierno y Mandos policiales durante el entierro de los policías asesinados en
Bilbao−. Quería acabar con la práctica llevada a cabo hasta entonces cada vez
que caía asesinado algún militar o miembro de las Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad del Estado.
Proseguía la sangría de atentados. El santuario
francés era una triste realidad. Los informes de la Guardia Civil y de la
Policía coincidían en que el país vecino era un exilio dorado. A los asesinatos
se les calificaba de “crímenes políticos” y a los etarras se les permitía vivir
a la luz del día. Los fines de semana, las familias y las cuadrillas de amigos
de los huidos podían atravesar la frontera y reunirse con los activistas sin
mayores problemas. Les llevaban ropa, comida, dinero, pasaban el día juntos y
en las calles de Hendaya, Dorribane, Lohizune, Bayona o Miarritze era frecuente
encontrarlos a todos de paseo. Aquello era una bofetada en la cara por parte de
Francia que no deseaba la extensión de aquel cáncer a su territorio.
El Presidente del Gobierno acudió a su
hombre de confianza en el CESID, Manzano, cuyo principal problema por aquel
entonces eran los movimientos involucionistas dentro de las Fuerzas Armadas. Manzano
pidió opinión a los mejores especialistas contra el terrorismo a nivel mundial:
el MOSSAD israelí. Éstos recomendaron el despliegue de Comandos Especiales
–similares a los que ellos efectuaban en zonas árabes− ante la escasa
colaboración francesa.
La reticencia de Francia venía de
lejos, remontándose a la época de Franco, cuando este último cooperó con la
organización OAS[1] en
contra del general De Gaulle. El Presidente del Gobierno no daba crédito a esa
circunstancia cuando lo leyó en un informe del servicio de inteligencia. Cómo sufría
la soledad del gobernante. Una responsabilidad que le oprimía el pecho. Pensaba
que un nuevo gobierno de izquierdas y democrático sería una baza indiscutible
para la cooperación francesa a fin de terminar con aquella pesadilla, cuyo
Presidente de la República era también socialista. Pero los franceses no hacían
más que echar balones fuera ante las insistentes peticiones de ayuda. Rondaba
insistentemente en su cabeza un dilema de conciencia. Había que tomar una
decisión. Solicitó una reunión con sus ministros de Interior, Defensa y Asuntos
Exteriores donde acudiría el Director del CESID. Quería saber qué opinaban y
cuáles eran las alternativas. Dirigiéndose directamente a quien creía más
capacitado fue directamente al grano.
−Emilio, olvida por un momento tu
posición y la mía y dime qué harías a tenor de lo aconsejado por los expertos
del MOSSAD. Me da igual que sea legal o no.
−Señor Presidente, me pone usted en una
disyuntiva difícil. En principio, no ordenaría nada que traspasara los límites
de la legalidad.
−¿En principio…? Aclárate.
−Sé que usted es una persona con
profundas convicciones democráticas, pero estaría dispuesto a ayudarle si
quiere… digamos llegar más lejos… por la defensa del país −matizó a
continuación−: Los últimos informes de las células anti-involución me preocupan.
Si prosiguen los asesinatos les hará estallar de nuevo, incluso a algunos que
no ven mal un proceso democrático. Hace dos años aminoraron los atentados cuando
se les eliminaba en Francia, y la mayoría de la cúpula castrense se
tranquilizó…
Se produjo un denso silencio. La
tensión del ambiente podía cortarse con un cuchillo. Habían sido demasiados
años en la clandestinidad, luchando contra una dictadura militar. Pero aquello ya
era pasado. El peso del gobernante caía a plomo sobre sus espaldas. Estaban a
punto de provocar otra intentona golpista, quizás eso era lo que pretendían los
etarras. Tras la intensa pausa, dijo:
−Me da igual quien hable primero, pero
me gustaría saber qué piensan mis ministros. También cobráis a final de mes…
El que habló fue el de Interior.
−Presidente, creo hablar en nombre de
todos si le digo que acataremos sus órdenes… sean las que sean.
Estaba claro que ninguno quería asumir el
protagonismo y la gravedad de una decisión como aquella. El Presidente estaba
solo. El dilema le revolvía la conciencia y le repugnaba en su fuero interno. Aquellos
hombres cumplirían sus órdenes… las que fueran. Estaba muy dolido con el
Presidente francés y el asesinato selectivo, mediante operaciones encubiertas, cada
vez cobraba más fuerza:
−Me conocéis y supongo comprenderéis
que lo que voy a decir me revuelve las tripas, pero hemos llegado a un punto en
que hay que tomar decisiones. España también se defiende desde las
alcantarillas, como hacen los israelíes. Quiero un informe secreto de cada uno
de vosotros para ver cómo podemos poner en marcha grupos armados que actúen
contra ETA en el sur de Francia, incluso en España. Rodearos de gente de la
máxima confianza y que mantengan el pico
cerrado. No hace falta deciros lo que nos jugamos si esto saliera algún día
a la palestra. (...)
(19 de octubre 1983)
−¡Me cago en la madre que te parió!
¿Cómo demonios has podido hacerlo? −Ibáñez retornó desde Madrid cuando fue
avisado por Campomanes de lo sucedido. Estaba muy nervioso y alzaba la voz,
recriminando una y otra vez al capitán su acción−. ¿Qué vamos a decirle al
general? Nos vamos a ir todos a la mierda. Disolverán la Unidad… −Pegó un
puñetazo en la mesa. Los rostros de Campomanes, Lendínez y Estívil eran el vivo
retrato de la preocupación.
−Me da igual lo que hagan −musitó
Salvatierra, como si no fuera con él todo aquello−. He cumplido con mí deber…
−¿Tu deber? –Repitió el comandante−. Tu
deber… Tus órdenes eran claras −se sentó de golpe en una silla y bebió un trago
de agua para intentar calmarse−. ¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer ahora?
−Dígale la verdad al general y que se
lo digan también a los políticos.
−Todavía no lo entiendes −dijo Ibáñez,
que volvió a levantarse de la silla y encararlo−. Te dije que los políticos nos
daban su respaldo… No, el señorito no podía esperar y tenía que satisfacer su
ego, sin pensar en nada ni nadie.
Tras unos instantes de silencio,
Salvatierra volvió a justificarse.
−Me encantaría decirle que lo siento,
pero no. Usted, el general y los políticos pueden irse a paseo.
−No te pases ni un pelo, pero ni un
pelo, ¿eh? Con un chasquido del dedo te mando a una compañía de infantería con
los “quintos”. Lo estás pidiendo a
gritos, creo que es tu lugar ideal. Tanta preparación, tanto cursillo en EEUU
para acabar así.
−Mi comandante −intervino Campomanes−.
Como usted dice, ETA no creo que se vaya a quedar quieta. Pronto volverán a
matar.
−Eso ya lo he pensado, pero lo más
probable es que no esperen ni un solo segundo y nos manden a paseo. Si fuera
sólo cosa nuestra, pero están los políticos, ¿qué demonios saben ellos de esto?
−Llame al general y cuénteselo todo –dijo
Campomanes−. Seguramente le dirá que continuemos con lo que estábamos haciendo.
Los políticos nos necesitan, aunque les demos asco.
−Ibáñez, no digas nada a nadie. Hablaré
con los de arriba y lo arreglaré. Espera que te llame –fueron las palabras del
general Caíña cuando le comunicó las terribles novedades.
−Dime, Caíña, ¿qué pasa? −preguntó Manzano
al otro lado del teléfono.
−Ha habido un accidente. Los dos
etarras han sido eliminados por error…
−Pero, ¿qué me estás diciendo? −la faz
del Director del CESID se tornó pálida−. Te dije que no queríamos muertos, que
los dejaraís marchar…
−Lo sé, lo sé, pero uno de mis hombres
ha perdido los nervios. Quiero que arregles la situación con el Presidente.
−¡Me cago en la puta… me cago en la
puta! El Presidente no puede enterarse. No, no puede.
−Entonces, haz algo. Si el Presidente
cree que ETA no va a continuar matando es que es un ingenuo.
−Ya se me ocurrirá algo. Tienes que
controlar mejor a tus hombres. Esto no puede volver a suceder.
Manzano llamó al Ministro del Interior
y le pidió que la Guardia Civil se hiciera cargo de los cadáveres y los
hicieran desaparecer. Barrioviejo sopesó la situación. En verdad que era algo
gordo, pero decidió devolver el favor pendiente al general que le salvó de la
destitución hacía poco. Al cabo de unas horas, el comandante Suárez y el
capitán Nuño recogieron los cuerpos de los etarras. Se encargarían de hacerlos
desaparecer. El Presidente del Gobierno, finalmente, no se enteró de lo
sucedido y las Unidades AOME salvaron el pellejo.
El 4 de diciembre, Manzano ordenó a
Caíña que preparara el secuestro del civil francés para canjearlo por los
policías retenidos en Francia desde la operación fallida de octubre. Cuando el
Presidente francés llamó al español accedió a soltarlos a regañadientes. Ambos
quedaron para entrevistarse el día 20 de diciembre. El Presidente regresó de su
viaje a París, donde el francés le “ordenó” que “parara de una vez por todas aquello del GAL”. Manzano volvió a
preguntarle.
−¿Sigue todo igual?
Tulipánez no supo bien cómo, recordó la
tarde del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuando le pidió a un
guardia civil, que le mantenía retenido a punta de metralleta junto a otros
diputados, aislados del resto en aquel cuarto del Congreso, que hiciera el
favor de traerle el abrigo que dejó en su escaño porque estaba pasando frío.
¡Menuda idiotez se le pasó por la cabeza! Ahora recaía en sus espaldas el peso
de actuar de manera obscena para salvaguardar la democracia. Pensó que no se
diferenciaba mucho de aquel teniente coronel de la Guardia Civil que asaltó el
Congreso, pues él también luchaba por su idea de España. Volvía a tener frío
como aquella vez. Miró al general y le dijo:
−No, no tengo nada que decir. A veces
los que están arriba no se enteran de lo que pasa por debajo ¿No ocurre también
algo así en la vida militar, Emilio?
Manzano, inteligente, captó la
indirecta.
−¿Cómo desea que se haga?
−Tú eres el profesional. No pienso
darme por enterado de nada.
−¿Entonces? Señor Presidente, esto
sabemos cómo empieza, pero no como acaba…
−La mierda siempre cae hacia abajo.
Procura que no te salpique…
−¡A sus órdenes!
Tulipánez quedó solo de nuevo. La
maldita soledad otra vez, que le consumía. Se sentía infinitamente más solo que
nunca. Al cabo de unos minutos empezó a marearse y sintió un nudo en el
estómago. Su rostro empalideció y fue al lavabo a vomitar. Aunque después de vaciar
su estómago tampoco quedó aliviado. Su conciencia no le dejaba en paz. ¿Por
cuánto tiempo? Maldita sea, estoy luchando por mi país…
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