Para aquellos que compartieron las mismas vivencias, estoy seguro que comprenderán las emociones y los sentimientos del protagonista de la novela, un policía nacional que partió de su pueblo, trabajando de joven duramente en el campo, hasta una gran metrópoli (Barcelona) para prestar sus primeros servicios como agente de la autoridad, una vez que superó con gran esfuerzo la oposición.
Reprendía a sus compañeros de promoción, más jóvenes y la mayoría con estudios, que desconocían lo duro que era la vida y se lamentaban continuamente de sus condiciones de trabajo.
La escasez del sueldo, la enorme desilusión de prosperar en el ambiente opresor que representaba el nacionalismo separatista catalán, y los recuerdos de su pueblo cambiaron la perspectiva de la joven pareja que representaba el policía, su esposa y sus dos niños de corta edad.
Fue entonces cuando los gobiernos de turno "engatusaron" a policías y guardias civiles con las grandes ventajas que suponía ir destinado "al Norte" -otro día hablaré del síndrome del Norte-.
Una manera burda e hipócrita de los políticos de llevar directamente al matadero a muchos compañeros, que adolecían de las más elementales medidas de seguridad para luchar contra los terroristas de ETA.
Os dejo un pequeño fragmento del pasaje del capítulo IV:
(Mataró, Barcelona, verano de 1982)
(...) El policía nacional José Miguel y su
esposa Noelia, a pesar de las estrecheces económicas, vivían felices. A los dos
años de nacer Alejandro vino al mundo Araceli. Pasada la euforia inicial de
vivir en una gran ciudad, cuando retornaban a su tierra durante los permisos[1],
la situación se tornó contraria. El pueblo les tiraba mucho… Una ilusión: retornar
a Alba de Tormes. La vida en Mataró no cubrió sus expectativas. Demasiada
gente, demasiados coches, contaminación, ruido, delincuencia… La vida cara y el
sueldo escaso. La mayoría de amas de casa se veían obligadas a trabajar para
que sus familias pudieran llegar sin agobios a fines de mes.
En el pueblo, pese a la dureza
cotidiana, se vivía en un entorno más humano, tranquilo y cómodo; todos se
conocían, se respiraba aire puro, la comida era más rica y saludable. En apenas
un par de años, el joven matrimonio que ansiaba conocer mundo retornó la vista a
sus orígenes. Echaban de menos a sus padres, a su tierra, y cada vez se les
hacía más cuesta arriba regresar a Mataró cuando finalizaban sus vacaciones, y
eso que durante los permisos ambos trabajaban sin descanso: José Miguel ayudando
a su padre en el campo y Noelia atendiendo a su madre. Cada vez hablaban más de
lo bien que estarían en su pueblo, cerquita de Salamanca, construyéndose una
casita para vivir espaciosa y cómodamente, cultivando en su huerto lechugas,
tomates, pimientos, e incluso tener un corral con gallinas, conejos, y poder
tener un perro, animal que entusiasmaba a José Miguel.
Sin embargo, ese posible regreso tropezaba
con la grave dificultad de que Salamanca era un destino muy apetecido y, desafortunadamente,
la mayoría de los agentes procedían, como él, de los mismos lugares: Galicia,
Castilla, Andalucía, Extremadura… plazas que eran ocupadas rápidamente, y en el
escalafón había muchos delante de José Miguel. Existía, sin embargo, una
posibilidad: la normativa interna facilitaba preferencia a quienes permanecieran
un tiempo en el País Vasco y Navarra. El Gobierno dispuso tal medida porque los
atentados terroristas contra policías y guardias civiles hacían que muy pocos −prácticamente
nadie− solicitaran las vacantes que se producían en esas provincias; de hecho
se cubrían con carácter forzoso. El incentivo se complementaba con un sueldo
que rondaba casi el doble, intentando hacerlo más atractivo, pero aún así casi
nadie las solicitaba.
A
José Miguel iría rondándole poco a poco la idea de pedir voluntariamente “el
Norte[2]”.
La antigüedad mínima para poder ir destinado a Salamanca en condiciones
normales rondaba entre los diez a doce años. Mucho tiempo. La primera vez que le
insinuó la posibilidad, la respuesta de su mujer fue tajante: “Ni se te ocurra. Mejor nos vamos de nuevo
al pueblo a trabajar en el campo”.
Un día, en la puerta de su vivienda,
apareció una pintada: “Maderos, porcs fora De Catalunya” (Maderos, cerdos Fuera de Cataluña). José Miguel imaginaba de quiénes
se trataban, una pandilla de jóvenes separatistas del barrio, uno de ellos vivía
en su edificio y tenía dieciséis años. Pero también conocía a sus padres, trabajadores
que se ganaban la vida honradamente. No informó del incidente ni al propietario
del piso, ni al Presidente de la Comunidad del edificio. Se limitó a barnizar
la puerta, pagando los gastos de su bolsillo. Le daba mucha pena que los hijos
de emigrantes −en Cataluña los llaman “charnegos”− se hubiesen dejado manipular
por ideas xenófobas e independentistas. ¿Cómo
pueden las personas renegar de sus orígenes? ¿Y los padres? ¿Qué enseñan a sus
hijos? Algunos de esos obreros, en el bar de Paco, defendían al nacionalista
Jordi Guiñol e incluso al independentismo: “¡En
Cataluña necesitamos la independencia, porque España nos oprime y nos roba! ¡Nuestros
impuestos se los quedan ellos para que los andaluces estén todo el día en el
bar! ¡No nos dan la independencia porque enseguida nos echarían al Ejército
encima!”. No hay cosa peor que la ignorancia, pensó.
Para alguien acostumbrado desde niño al
trabajo duro, el servicio policial representaba casi un paseo, una distracción.
Alejandro no comprendía que sus compañeros, en especial los más jóvenes, mostraran
descontento. Cierto que no todo era color
de rosas, que el sueldo podía ser mejorable; también que las noches eran
largas y pesadas, pero el simple hecho de ir aseado, bien vestido, limpio, −rememoró
las largas jornadas en el campo, empapado de sudor o de agua de lluvia, tiritando
de frío, siempre sucio, embarrado en invierno, oliendo a estiércol y para colmo
había meses que no se ingresaba un duro en casa−; pero aquello sí que era
trabajar de verdad. Rememorándolo, compensaba cualquier sinsabor en el Cuerpo.
Disponían de vehículos para desplazarse
−recordó la pareja de guardias civiles del pueblo que siempre iban andando a
todas partes−. Todo un lujo. ¡Para él, claro! Los jóvenes de las últimas
promociones habían estudiado, muchos incluso poseían estudios superiores. Es
lógico que se lamentaran de su situación personal porque ser un simple policía
no cubría sus expectativas. Pero a él sí, porque le costó sangre, sudor y
lágrimas. Y ¿por qué no reconocerlo? Amaba su profesión. Por eso mismo pedía a
sus compañeros que no rajaran tanto: “No muerdas la mano que te da de comer” −espetó
en cierta ocasión a uno que sobrepasó ciertos límites en sus comentarios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario